Escuchando

‘Ariadna y Barbazul’, una ópera entre el optimismo y síndrome de Estocolmo

Charles Perrault recogió en 1697 en su cuento ' Barbazul ' ('La Barbe bleu') una oscura leyenda europea y la transformó en una inquietante historia que hablaba de un hombre rico de poblada barba azul, habitante de un castillo, y con un secreto; la misteriosa desaparición de sus anteriores esposas. El cuento relataba cómo, tras casarse nuevamente, Barbazul se marchaba de viaje y le entregaba a su nueva esposa todas las llaves del castillo con una única condición: tenía prohibido abrir una de las habitaciones... Dos siglos después, el dramaturgo belga Maurice Maeterlinck , premio Nobel de Literatura en 1911, propuso al compositor Paul Dukas -autor, entre otras obras, de ' El aprendiz de brujo ', que Disney popularizó en su película 'Fantasía'- que escribiera una ópera sobre un libreto suyo basado en 'Barbazul'. La obra, ' Ariane et Barbe-bleue ' ('Ariadna y Barbazul') se estrenó el 10 de mayo de 1907 en la Opéra-Comique de París, pero desde entonces se ha llevado a escena en escasas ocasiones. El Teatro Real -que presentó la obra en 1913- estrena el próximo lunes 26 una producción que Joan Matabosch , director artístico del coliseo, encargó a Álex Ollé (La Fura dels Baus); el montaje vio la luz en la Ópera de Lyon , coproductora del espectáculo, en marzo de 2021, pero en una función única sin público y grabada para televisión. La dirección musical de las seis funciones, que se ofrecerán entre el 26 de enero y el 20 de febrero, es de Pinchas Steinberg , y el reparto lo encabezan Gianluca Buratto, Paula Murrihy, Silvia Tro Santafé, Aude Extrémo, Jaquelina Livieri, Maria Miró, Renée Rapier y Raquel Villarejo Hervás.Maeterlink reinterpretó en su libreto el cuento original de Perrault, de intención claramente moralizante. En la ópera, el protagonista no es Barbazul, aunque aparezca en el título -apenas tiene cinco minutos de música-; la verdadera protagonista es Ariadna , su nueva esposa, de la que Joan Matabosch dice que «es una mujer libre, valiente, solidaria, de gran fortaleza y dignidad, que rechaza la crueldad del marido, que se levanta contra la tiranía de Barbazul sobre sus mujeres, pero que también lo protege de la ira de los campesinos amotinados cuando se da cuenta de que lo acusan de algo que no es más que una calumnia».La Ariadna de la ópera presenta muchas diferencias respecto a la 'Joven esposa' de Perrault -en el cuento no tiene nombre-. Matabosch explica que «Ariadna es el espíritu de conquista, la esperanza, la libertad… Barbazul le ha prohibido abrir la séptima puerta, pero ella la abre porque argumenta que lo que le está permitido no le va a enseñar nada. Ella cree que hay que ir directamente a lo prohibido, a lo que tenemos reprimido en nuestro interior. Sacar a la luz lo reprimido del fondo de uno mismo es lo que va a permitirnos superar -y aquí vamos a Freud - los trastornos, la alienación, los complejos... Es una obra compuesta muy a la luz del mundo del psicoanálisis , que se estaba descubriendo en ese momento -Freud publicó 'La interpretación de los sueños' solo siete años antes-, y también del simbolismo, que es uno de los movimientos de vanguardia esenciales de la época y que se encontraba en ese momento en un punto álgido».«'Ariadna y Barbazul' es una ópera compuesta muy a la luz del psicoanálisis», dice Joan MataboschLa ópera de Dukas y Maeterlinck no solo se aleja del cuento de Perrault; también es muy distinta de la obra que, sobre el mismo relato, compuso Béla Bartók en 1911 (aunque se estrenó en 1918): ' El castillo de Barbazul ', que el Teatro Real presentó hace un par de meses. «Son dos adaptaciones drásticamente diferentes e igualmente fascinantes -dice Joan Matabosch-. Para simplificar, podríamos decir que la obra de Dukas es la versión 'optimista' del cuento de Perrault y la de Béla Bartók es la versión 'pesimista'. Solo las separan cuatro años, pero son cruciales, porque el mundo del expresionismo ya estaba impregnándolo todo. La protagonista de Béla Bartók, que se llama Judith, quiere salvarse de un peligro que intuye, pero del que no tiene evidencia; en ella impera una absoluta desconfianza. La Ariadna de Dukas no tiene nada que ver con Judith; ella quiere salvar a las otras mujeres, pero no desconfía de Barbazul, lo que hay en ella es voluntad de saberlo todo y de tener la libertad de tomar una decisión en función de las evidencias. Ambas pertenecen al mundo del simbolismo, pero la de Dukas es una obra llena de luz, mientras que la de Bartok es un simbolismo muy contaminado ya por el mundo del expresionismo».Para explicar a Ariadna, Álex Ollé cita una frase que pronuncia el personaje nada más llegar al castillo de Barbazul cuando se le advierte del peligro: «Primero hay que desobedecer; es el primer deber cuando la orden es amenazadora y no se explica». «Ahí se cuenta mucho de ella -dice el director-. La dibuja como una mujer moderna, lúcida, racional. ¿Qué la diferencia de las cinco esposas anteriores? Que ella no caerá en ese síndrome de Estocolmo en el que viven ellas. Me atrevería a decir que Ariadna es el primer gran personaje femenino emancipado de la historia de la ópera. A diferencia de tantísimas heroínas del repertorio, ella no es víctima, no muere, no paga un precio por la libertad; no se somete a su marido ni a su destino, e incluso trata de salvar al resto de mujeres de ellas mismas, porque no quieren huir».«Y añadiría algo más -continúa Ollé-; es una obra que se adelanta a su tiempo porque nos presenta a una mujer emancipada mucho antes de que apareciera el feminismo moderno de principios del siglo XX; porque aborda la dimensión psicológica antes de que el psicoanálisis alcanzara popularidad; y porque cuestiona las estructuras de poder mucho antes de la llegada, en los años sesenta, del teatro político». Pinchas Steinberg interviene: «¿Por qué Adriana va al castillo aun sabiendo lo que va a pasar y que las chicas están allí? Porque quiere salvarlas. Eso, en psiquiatría, se llama ' complejo de Jesucristo ', la obsesión por salvar a los demás… Sí, en la ópera hay mucho de Freud».«Ariadna es el primer gran personaje femenino emancipado de la historia de la ópera», asegura Àlex OlléRelata Álex Ollé que su puesta en escena combina «ese mundo psicológico y simbólico que presenta la obra con un aspecto realista, que intento reflejar en todas mis producciones y que hace que el público se pueda ver, de algún modo, representado en lo que sucede en el escenario». Durante la obertura -revela-, una película muestra a Barbazul y Ariadna saliendo de la iglesia en la que se han casado y dirigiéndose hacia el banquete donde se va a celebrar el enlace. «La obra empieza cuando los dos entran en este salón, en el que se desarrolla toda la ópera. Los invitados conforman esa parte de realidad; la parte simbólica se ofrece especialmente en el primer acto mediante el laberinto que hemos creado, que es, de alguna manera, la mente. Las puertas que va abriendo Ariadna son las de su inconsciente; sus miedos, sus temores, que van apareciendo cada vez que abre una puerta hasta la definitiva, la séptima, detrás de la que encuentra a las anteriores mujeres de Barbazul». Noticia Relacionada estandar No Shakespeare y Barbazul, dos de los ejes de la temporada 2025/26 del Teatro Real Julio Bravo El coliseo madrileño presentará 18 títulos operísticos, todos ellos producciones propias y coproducciones con otros teatrosPara el director de escena catalán, «está claro que Barbazul no es un asesino, como creen los habitantes del pueblo, pero sí es un maltratador; tiene a sus mujeres encerradas en un cuarto oscuro y pasan hambre, y a pesar de ello no quieren ser salvadas… Pero yo no quería terminar la ópera con esa sumisión tan evidente que hay en el texto. No voy a hacer 'spoiler', pero en el final, en el que quiero plantear una pregunta al público, quedan todas las mujeres -no solo las esposas de Barbazul, también todas las mujeres del coro más las actrices- y hay un empoderamiento femenino general».Pinchas Steinberg señala una de las razones que explican que esta ópera no suba al escenario con mayor frecuencia. «Ésta es la única ópera que escribió Paul Dukas, y yo creo que no entendió el equilibrio entre orquesta y cantantes que exige una ópera. Los compositores operísticos sabían cómo escribir para no matar a los cantantes, pero la partitura de 'Ariadna y Barbazul' está pensada para una orquesta muy grande, en la que todos los instrumentos están doblados. Es una escritura fantástica, pero es una escritura sinfónica. Esta ópera es una obra sinfónica con cantantes . Y el problema, para el director musical, es lograr el equilibrio entre foso y escenario; si haces lo que Dukas escribe, 'fortissimo' para la orquesta, ahogas la voz. Hay que reducir el nivel y donde dice 'fortissimo' hacer 'mezzoforte'... Dukas escribía una cosa e imaginaba otra. La música es fantástica, puedes escuchar un poco a Richard Strauss o a Debussy, y en ella está todo lo temático. En ningún lugar de la ópera los cantantes cantan las melodías; hablan, discuten, conversan… Tenemos en esta producción cantantes maravillosos, con grandes voces, pero son únicamente seres humanos. Ese es el problema que presenta esta partitura, ¿cómo pelear con una orquesta tan grande?»