Las vacaciones de Leonard Cohen en el verano de 1960, inagotable fuente de mitos y leyendas, en realidad empezaron de la forma más vulgar y mundana: con la seducción de un cartel turístico en un escaparate. El cantautor en ciernes caminaba bajo una fina lluvia por el West End londinense, harto de pasar horas escribiendo encerrado en una lóbrega pensión, cuando se cruzó con un anuncio del Banco de Grecia invitando a conocer el país. Entró en el establecimiento para informarse, y en cuanto vio el morenazo que lucía el empleado griego que lo atendió, no se lo pensó dos veces y compró un billete de avión a Atenas.Cohen recordaba haber oído hablar a su amigo Jacob Rothschild de una isla paradisíaca en el Mar Egeo llamada Hidra , así que después de aterrizar en la capital y visitar la Acrópolis, pasó la noche en El Pireo y a la mañana siguiente emprendió el viaje hacia allí en barco de vapor, un trayecto de cinco horas que pasaba por Egina, Methana y Poros antes de llegar a su destino, en el golfo Sarónico.Cuando arribó a la isla, bien achispadete tras tomarse unos cuantos espirituosos camelándose a alguna que otra pasajera del barco, quedó fascinado por lo que vio. «La electricidad era limitada, había pocos teléfonos y prácticamente no había alcantarillado», describió a su biógrafo Ira B. Nadel. «Las casas se iluminaban con lámparas de queroseno o aceite; se utilizaban cisternas para recoger agua y no había cables que obstruyeran las vistas. Una de las discotecas con vistas al mar funcionaba con un tocadiscos a pilas, ya que la pequeña central eléctrica solo generaba energía desde el atardecer hasta la medianoche. Excepto la cocina, que se calentaba con la estufa o braseros turcos de cobre, las habitaciones se calentaban con una lata de tres patas llena de brasas de carbón». La mitad de las casas de la isla estaban deshabitadas y prácticamente no se habían construido nuevas viviendas en casi un siglo, de manera que era muy barato hacerse con alguna que estuviera en un estado razonablemente decente. Alquiló una sin luz, gas ni agua por catorce dólares al mes durante todo aquel verano, y dejó que el Egeo hiciese su magia para transformarle como artista.En ese momento aún era más poeta y novelista que cantante, así que avanzó con sus escritos en los jardines colindantes hasta que le empezó a picar el gusanillo de componer canciones. Fue entonces cuando conoció a su musa cardinal, Marianne Ihlen , (que se quedó allí tirada y sola con su hija tras ser abandonada por su marido, el escritor Axel Jensen) en una tiendecita de alimentación en el puerto del pueblo regentada por dos hermanos que, poco después, le invitaron a dar allí su primer recital entre cajas de cebollas y sacos de harina.Refugio de poetasLeonard y Marianne se enamoraron perdidamente y pasaron el verano entre vaporosas tertulias vespertinas en la cercana Taverna Douskos, comilonas mediterráneas en el restaurante Veranda y noches interminables en el Bar de Bill, un inglés que concibió el punto de encuentro perfecto para los bohemios que veraneaban en la isla. Entre ellos había escritores como el australiano George Johnston, el sueco Göran Tunström o los estadounidenses Allen Ginsberg y Gregory Corso , todos ellos en pleno esplendor creativo. «Era como si todos fueran jóvenes, bellos y rebosantes de talento, cubiertos de una especie de polvo de oro», describió Cohen años después. «Cada uno poseía cualidades especiales y únicas. Esta es, por supuesto, la sensación de la juventud, pero en el glorioso entorno de Hidra, todas estas cualidades se magnificaban». El joven artista decidió que todo aquello le sentaba realmente bien a su inspiración, así que al terminar el verano, casi a finales de septiembre, dejó la casa de alquiler y se compró una villa construida en piedra con los 1.500 dólares que acababa de heredar de su abuela, adecentándola con muebles que le regalaron George Johnston y su mujer Charmail Clift.Cohen aprendió a hablar griego, incluso adoptó un gato para cumplir con las tradiciones locales (a pesar de ser alérgico), y según él, supo que ya formaba parte de la comunidad cuando el basurero local incluyó su casa en el recorrido que hacía cada mañana con su burro. Así que pasó el resto de la década yendo y viniendo a Hidra cada verano (no quería desconectar del todo de la inspiración que recogía de «la experiencia metropolitana»), y en ese tiempo escribió poemas (la colección 'Flores para Hitler'), libros ('El Juego Favorito', 'Hermosos Perdedores') y muchas, muchas canciones. Allí nacieron algunas de las composiciones más icónicas de su disco de debut, 'Songs for Leonard Cohen', como 'Sisters of Mercy', inspirada en dos guapas turistas a las que acogió en su casa durante una tormenta, o 'So long, Marianne' y 'Hey, that's no way to say goodbye' , ambas dedicadas a su agitado romance con Ihlen. También compuso otro clasicazo de su repertorio como 'Bird on the wire' (en esta ocasión incluida en su segundo álbum, 'Songs from a room' de 1969), que germinó al ver cómo los pájaros aceptaban a unos nuevos inquilinos de la isla cuando se acostumbraron a posarse en los primeros postes de electricidad que se instalaron, como si hubieran brotado ahí para ellos. Todo ese paisaje quedó hermosamente retratado también en 'Movin on', la canción que compuso cuando su querida Ihlen murió en 2016.MÁS INFORMACIÓN Opinión 'So long, Marianne', una serie para diseccionar el corazón de Leonard CohenAhora, en Hidra hay una calle dedicada a Leonard Cohen y un banco de piedra con su nombre que mira hacia el Egeo, tal como él hacía en aquellos años de romance y bohemia que tanto marcaron su carrera y por extensión, la de la música universal.