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Los 90 años de Zubin Mehta, la gran batuta que tendió puentes y apuntó al infinito

La última aparición del maestro Zubin Mehta en España fue hace dos meses, en el mes de febrero. Llegaba sigilosamente a la sala de ensayo del Teatro Real, donde le esperaba la West-Eastern Divan Orchestra, el conjunto de su gran amigo Daniel Barenboim. Su mano señala un lugar a la orquesta: el infinito. Su cuerpo está desgastado y sus manos ajadas por una sola razón: la música. Cuando uno pone el cuerpo y el alma al servicio de este don, la vida se resiente. Pero qué vida. «Es una figura legendaria, una de esas personalidades que han marcado la historia de la música . Su magnetismo en el podio y su manera de hacer música con tanta naturalidad y grandeza lo convierten en un referente absoluto», confiesa María Dueñas, que participó en el homenaje que Ibermúsica hizo ese mes en el Auditorio Nacional. Cuando era niña en Granada y comenzaba con el violín, solía ver una y otra vez los videos del maestro junto a Jacqueline du Pré, Itzhak Perlman, Daniel Barenboim y Pinchas Zukerman interpretando el quinteto de Schubert. « Aquellas grabaciones eran para mí una ventana a otro mundo: el de la entrega total a la música, el valor de la amistad , un diálogo perfecto entre intérpretes que se entienden sin palabras», aseguraba.Nació en Bombay un 29 de abril de 1936. Hijo de Mehli y Tehmina, creció en el latido discreto de una familia parsi donde la música no era acompañaba, sino que era el modo de respirar. Su padre, violinista y fundador de la Orquesta Sinfónica de Bombay, no solo dirigía partituras sino que trazaba un horizonte, y en ese horizonte, el joven Zubin aprendió pronto que el sonido podía ser el destino final. Durante un tiempo, pensó en la medicina, en un intento de descifrar el cuerpo humano antes de rendirse por completo al misterio del alma. Pero la música, con su paciencia implacable, terminó por reclamarlo.Noticia relacionada No No IBERMÚSICA Zubin Mehta se consagra ante la afición madrileña en su 90 cumpleaños Alberto González LapuenteA los dieciocho años, dejó atrás la geografía conocida y viajó a Viena. Allí, bajo la guía de Hans Swarowski , comenzó a moldearse no solo como músico, sino como intérprete del silencio y del gesto. No estaba solo en aquel aprendizaje: en los mismos pasillos resonaban también las inquietudes de otros jóvenes llamados a dejar huella. Y así, casi sin darse cuenta, aquel muchacho que había dudado entre sanar cuerpos o abrazar sonidos empezó a convertirse en algo distinto: alguien capaz de ordenar el caos en forma de música, en una verdad compartida.Esas manos que ahora están desgastadas estuvieron hace años, sin apenas experiencia, impacientes por dirigir. Lo sabe bien Alfonso Aijón, fundador de Ibermúsica y gran amigo de Mehta , que conoció al director indio en Bucarest, después de que hubiera pasado en 1964 por los festivales de Granada y Santander. «Él venía entusiasmado por haber alcanzado el éxito en España. Yo era, por otra parte, muy amigo del embajador indio en Rumanía, en Bucarest, que era mi profesor de arte oriental. Y teníamos un gran contacto. Visitamos la embajada allí. Y el hecho de que yo fuera español, de que él tuviera buen recuerdo de nuestro país, y de que yo fuera amigo del embajador indio, me permitió estar con él en los ensayos de la orquesta local con la Filarmónica George Enescu. Ahí nos conocimos, se usó mi coche, comprobé que es un buen cocinero: nos invitó allí a comer comida india hecha por él», asegura Aijón, que añade que el maestro indio tenía entonces «un atractivo bárbaro». «Las mujeres, desde las señoras de 80 hasta las chicas de 17 que estaban en el concurso, estaban, obviamente, encantadas, porque era muy simpático, muy inteligente, muy normal, muy sencillo . Y entraba muy bien. Hay que quererle desde que le ves», confiesa.La amistad inquebrantable de estos dos rostros fue lo suficientemente robusta desde el principio como para que Mehta accediera a venir de su mano en 1976 con la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, de la que fue titular entre 1962 y 1978 . Más adelante, en 1979, regresó con la Orquesta Filarmónica de Israel, donde ejerció la titularidad también y mantuvo una relación de 50 años de compromiso ininterrumpido. El maestro vino con el conjunto en un momento en que España todavía no tenía relaciones diplomáticas con Israel, por lo que aquella gira supuso el primer gran acercamiento cultural entre ambos países. Sin embargo, ya en 1973 se había producido un episodio clave: el promotor invitó a la Filarmónica de Nueva York, que estaba en huelga y al borde de la disolución por problemas económicos. La gira se organizó en apenas quince días y generó conflictos legales, ya que recibió amenazas de demanda por el uso del nombre de la orquesta, incluso por parte de antiguos compañeros suyos del despacho Garrigues. Mehta no hacía correcciones desde el podio; bajaba con la partitura hasta el flautista de la última fila y hablaba con él Alfonso Aijón fundador de IbermúsicaA pesar de todo, se celebraron ocho conciertos con gran éxito y la orquesta regresó a Estados Unidos con beneficios suficientes para aliviar su situación. Años después, en 1985, se formalizó oficialmente la presentación en España gracias a la mediación de Mehta, quien ayudó a retirar las presiones y la «lista negra» que pesaba sobre el promotor por haber apoyado a los músicos durante la huelga, en la que incluso consiguió que el director Yuri Aronovich aceptara ponerse al frente de la orquesta pese al veto existente.Pertenece Zubin Mehta a esa generación irrepetible en la que la música clásica encontró algunas de sus voces más luminosas: la de Jacqueline du Pré, que trágicamente desapareció pronto, la de Daniel Barenboim, la de Martha Argerich, la de Itzhak Perlman o Pinchas Zukerman, artistas que, vistos desde la distancia, podían parecer envueltos en el aura de cierto mito escénico, de una intensidad casi inalcanzable, pero que en realidad se reconocían entre sí por algo más hondo y menos visible: una entrega absoluta al sonido. Una cercanía impensableSi algo sorprende de este maestro, además de su don y el conocimiento profundo de las obras, es su forma de dirigirse a los músicos . Pero no solo ahora, también antes, cuando no era tan fácil encontrar a maestros que dieran su brazo a torcer con los músicos. «Su trato era distinto, tenía una cultura especial. En los años sesenta, los directores todavía estaban en un pedestal, mandaban desde arriba; esa no era su manera de ser. Su cultura y su amabilidad con todo el mundo eran diferentes. Es comparable a la de Carlo Maria Giulini. No hacía correcciones desde el podio; bajaba con la partitura hasta el flautista de la última fila y hablaba con él, sin decir nada en público, era extraordinario. Cuando venía tenía su propio equipo; ya era mayor, muy italiano, impecable, de una elegancia casi de Armani. Cada vez que firmaba un autógrafo a una señora, se levantaba, le besaba la mano y volvía a sentarse. Era pura educación. Y eso lo sigue teniendo », confiesa Aijón. Arriba, Alfonso Aijón junto a Zubin Mehta. Izquierda, el maestro dirigiendo. Derecha, una carta del maestro a Alfonso y su agradecimiento a Ibermúsica ABCRecuerda también cómo era el trato hacia los músicos en el día a día. «Recuerdo la primera vez que vino con la Filarmónica de Nueva York. yo iba siempre a recoger a los directores y solistas con un cochazo. Y Mehta decía: «No, no, abre la puerta», y metía a los músicos en el coche especial. «Así es. Muy cercano». Lo mismo piensan los músicos: «Tiene esa rara capacidad de unir autoridad y serenidad, lo que hace que todo fluya naturalmente. Tocar bajo su dirección es una experiencia única, formar parte de una tradición viva, de una continuidad que une generaciones», confiesa Dueñas. «Cualquier director es único. Para mí, con el maestro Mehta es la ligereza: aporta mucha luz, nada es pesado. Sabe cómo hacer que las cosas suenen sin esfuerzo dentro de la orquesta, y aporta mucho encanto a la música. Es bastante diferente del maestro Barenboim. Con Barenboim el sonido nunca es pesado, pero muy majestuoso, muy aterciopelado. Con Mehta sigues obteniendo un sonido pleno, pero es muy chispeante», confiesa la violista Tal Riva Theodorou de la West-Eastern Divan. «Hay una gran sensación de precisión. Su intención musical es muy transparente, muy visible mientras tocamos con él. También tiene una gran postura musical, con la que disfruto mucho conectando. Y es una enciclopedia en cuanto a repertorio», asegura el violinista Samir Obaido. Querido por los músicos lo fue siempre, tanto que Mehta ha sido uno de los directores más recurrentes del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena; fue elegido por el conjunto en cinco ocasiones —1990, 1995, 1998, 2007 y 2015—, un honor reservado a muy pocos nombres en la historia del Musikverein.Aijón es testigo de las virtudes de Mehta desde bien joven; desde su don de gentes a su talento culinario oculto, pero también de su capacidad para mediar. Si hablamos de anécdotas, que son infinitas, el fundador del ciclo Ibermúsica recuerda una especialmente peculiar, cuando durante la primera visita en el 75 en el Teatro Real, recibieron una orden de la Secretaría de Estado de EE.UU. prohibiendo a la orquesta que fuera a Grecia tras su segundo concierto. «No podían ir porque había habido un atentado. Habían raptado un avión de la TWA americana. y EE. UU. dijo que era peligroso para la orquesta que viajara». De modo que el mismo día del segundo concierto tuvieron que improvisar dos conciertos más seguidos, que se llenaron. «El primer concierto hubo una especie de rebelión en la orquesta porque el Teatro Real no tenía aire acondicionado y estábamos en verano y la orquesta se negó a salir. Querían salir en camisa, sin frac, y el maestro tuvo que convencer a los músicos explicándoles que estaba Doña Sofía, gran amiga suya, y que no podía ser. La orquesta aceptó, y en la propina Mehta dijo: «Y mañana vamos a tocar en camisa». Era la concesión que habían hecho. Y al día siguiente tocaron todos en camisa ».Me crie con sus grabaciones, eran para mí una ventana a otro mundo: el de la entrega total a la música, el valor de la amistad María Dueñas ViolinistaSu dimensión de mediador fue realmente clave; fue un director que no solo sostuvo orquestas, sino que supo conciliar voluntades, temperamentos y egos en un mundo donde la excelencia convive con la fragilidad. Esa misma capacidad de sutura lo situó en el centro de uno de los fenómenos más emblemáticos de la ópera del final del siglo XX: los Tres Tenores. Junto a Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti, Mehta fue una figura clave en la arquitectura musical de aquellas noches que recorrieron el mundo, desde Roma hasta Los Ángeles. Este acontecimiento supuso la irrupción de la ópera en el gran espectáculo global, llevando arias y repertorio lírico a estadios y audiencias masivas en todo el mundo. Un fenómeno popular sin precedentes, donde lo sinfónico y lo mediático encontraron un punto de encuentro histórico. El propio Mehta reconoció en entrevistas que su papel no fue solo musical, sino también de equilibrio entre personalidades tan potentes como las de Domingo, Carreras y Pavarotti. Llegaba a bromear con que, más que dirigir, debía «mediar» para que aquellas energías no chocaran en los ensayos y todo fluyera hacia el escenario.La mano tendida a EspañaHacen falta cientos de páginas para describir el recorrido y visión de Mehta. Su autoridad ha sido serena, de gesto preciso y sin aspavientos, una batuta que no interrumpe la música sino que la ordena con claridad desde dentro. Formado en la tradición europea, ha sabido proyectarla sobre orquestas de identidades muy distintas sin imponer un molde único, adaptándose a cada conjunto y reforzando su personalidad sonora. Apreciado en el mundo entero, es también querido en España por levantar proyectos como Les Arts de Valencia, donde se convirtió en director musical junto a Lorin Maazel en su fundación hasta 2014. «Fue de lo mejor que ha hecho», reconoce Aijón. En esos casi diez años, su papel fue fundamental para levantar el proyecto y poner a esta institución en el foco. Lo reconoce su director actual, Jesús Iglesias. «La primera ópera que se hace en el teatro es 'Fidelio'. Es ligar un proyecto a uno de los grandes de la dirección orquestal, lo que obviamente es una carta de presentación del proyecto de indudable peso. El hecho de trabajar con una persona desde el inicio, como Mehta, que también fue el director del Anillo, un proyecto muy emblemático del inicio de Les Arts, marcó la pauta de las cuotas de calidad que persigue la institución. Trabajar a ese nivel de calidad y poner en funcionamiento desde cero toda la institución fue posible gracias a su colaboración en toda esa etapa ». Esos 20 años son consecuencia del trabajo constante de muchas personas, sobre todo Mehta, que impulsó el proyecto y lo puso en el mapa. «Consolidó la Orquestra de la Comunitat Valenciana, considerada la mejor orquesta de España y de un nivel excepcional, gracias al trabajo de Mehta, Maazel y otros que vinieron después». Iglesias reconoce que uno «trabaja desde lo que recoge» y reconoce que el público valenciano recuerda aquella etapa con verdadero cariño. «Es una figura a la que Valencia tiene que estar muy agradecida por todo su, bueno, por todo el tiempo y el trabajo hecho, que obviamente aquí está, forma parte de la persona de la excepción». Su paso dejó momentos para la historia, como cuando dirigió la Unión Musical de Liria. « Cuando presentamos con él a la Orquesta Filarmónica de Israel, fuimos a Liria, y de hecho hay fotos mías con él del año 79 -recuerda Alfonso Aijón- . Lo invitaron y me dejaron caer que no había mucho dinero para hacerlo, pero que podía ser muy bonito hacer aquello. Le decía a Zubin que los que estaban sentados allí, con gorra y con boina y todo, todos eran el mejor público que había, todos tocaban un instrumento, más que los críticos de música. Y entonces la liturgia era que el director invitado tenía que dirigir la banda por obligación. Se quedó muy impresionado con su sonido».Ibermúsica es uno de los ciclos más robustos y estables de música clásica en Europa. Y aunque podría parecer el sueño del propio Aijón, es casi más un empeño de Mehta y Barenboim que suyo. «Cuando estaba en Bucarest conociendo a Zubin, ni se me ocurría que iba yo a hacer una agencia. A Zubin me lo encontré en el 64, a Barenboim en el 65, a Abbado en el año 56. Todos estos amigos que yo tenía de jovencitos, a cuyos conciertos iba cuando aun no los conocía nadie, me dijeron, cuando se hicieron grandes y yo regresé a España después de 10 años de exilio: Estamos bien situados, ¿por qué no haces una agencia? Fueron ellos los que me animaron », confiesa. Levantó el proyecto de Les Arts de Valencia y marcó los estándares de calidad que ahora intentamos perseguir Jesús Iglesias Director artístico de Les ArtsSi hubiera querido hacer dinero, dice, no habría hecho «las locuras» que ha cometido, como invitar en el Ritz de Barcelona a la Filarmónica de Israel y a la Filarmónica de Berlín: doscientas personas. «Por esa correspondencia de su manera de ser con la mía y que España era un desierto sinfónico me animé. Lo tuve difícil para empezar, porque las pocas orquestas extranjeras que venían, de las buenas, venían por un concierto en festivales y marchaban, y lamentablemente se iban sin cobrar. O sea, la Concertgebouw de Ámsterdam, la Orquesta Checa y la Filarmónica de Londres han tocado sin cobrar. Y por eso teníamos muy mala fama. Y me costó mucho entrar y convencerles. Y la única manera de convencerles era firmar contratos por cinco actuaciones», confiesa. «Más que yo su valedor, él ha sido el mío».A sus noventa años, cuando el gesto ya pesa y el tiempo se vuelve memoria, Mehta sigue apareciendo allí donde la música aún reclama sentido. 'Hasta que me falte el aliento', decía que seguiría trabajando tras superar un cáncer de riñón con metástasis pulmonar. Su figura, más que la de un director, pertenece ya a esa estirpe de presencias que han mostrado una forma de entender el arte: la de la entrega sin estridencias, la de la autoridad que no se impone. Queda en su trayectoria algo de puente tendido entre orillas, entre culturas y generaciones, entre el rigor y una humanidad que nunca necesitó elevar la voz para hacerse escuchar.