Pese a la guerra desatada entre los huérfanos de Leire y los nostálgicos de Amaia –una contienda de la que mucha culpa tiene el resto del grupo, a quien rara vez se señala–, la cantante vasca afrontó en la noche del jueves el primero de los conciertos del regreso de La Oreja de Van Gogh a Madrid con arrojo y valentía. Dos valores esenciales para desarrollar la seguridad que exige una gira de este calibre. No es la voz de hace 25 años, pero tampoco es el desastre que una masa que parece preprogramada se empeña en vendernos.Amaia Montero entonó con solvencia los clásicos -y alguna joya escondida poco manida en directo- que hicieron eterno al grupo donostiarra desde el inicio del concierto. Echando mano, claro, de artimañas y giros vocales en momentos en los que sus circunstancias actuales le impedían alcanzar las notas más exigentes, truco al que recurre cada cantante vivo sobre la tierra, sea cual sea su nivel de fama y escrutinio.Es esto último, el exceso de focos sobre su proceder en el escenario, lo verdaderamente injusto de la reconciliación del grupo original 20 años después, más allá de los flecos y detalles de la ruptura con la enérgica y genial Leire y los papeles que jugaron los chicos de la banda. Porque no se tuvo en cuenta en el inicio de la gira los factores que rodean este show: posibles dificultades técnicas a ajustar el primer día, nervios, o incluso el humano pánico a no cumplir las expectativas tras años sin subir a un escenario y habiendo transitado por más de un infierno personal.Noticia relacionada general No No Amaia Montero regresa a los escenarios con La Oreja de Van Gogh 19 años después Virginia López EspláY así, pisoteando a la vocalista con el argumento de los excesivos traspiés de los conciertos de Bilbao hace menos de un mes -que los hubo, y evidentes- se esperaba con el cuchillo entre los dientes la puesta de largo en el Movistar Arena, una plaza que hace tiempo dejó de ser exigente para dejarse morir en los brazos de la felicidad que aporta el clímax de disfrutar de la música en directo sin más. Y allí apareció Amaia, renaciendo después de las severas bofetadas que muchos -del más experto al más ignorante- le propinaron en el arranque del tour. Un resurgimiento que tampoco es fácil dada la atención mediática continua y su historial personal.Amaia sostiene una puesta en escena fríaSin embargo, no es necesario acudir a la carta de la salud mental para defender la calidad vocal mostrada por la cantante en la noche del jueves en Madrid. Porque Amaia estuvo afinada en todo el show, pese a la falta de contundencia en algunos remates puntuales, allí donde los himnos orejeros se vuelven más demandantes. No estuvo tan a la altura la sesentera pero insulsa puesta en escena, que no favorece la calidez y cercanía entre compañeros de banda, ni desde luego lo estuvieron el sonido general que se perdía hacia los lados o los silencios excesivos entre tema y tema. Fue en ocasiones un show poco cuidado, y eso convendría decirlo al menos con una pequeña porción de la severidad que se aplica a la hora de diseccionar el papel de la 'front woman'.Tampoco es que LODVG haya montado en su historia auténticos espectáculos visuales sobre el escenario, pero la gira desprende cierta frialdad que solo llena Amaia cuando de tanto en cuanto se dirige a los fieles asistentes. Y, por aquello de intentar ser justos, habría que analizar todas las aristas.Canciones como 'Perdida' o 'La Playa' sonaron en la voz de la hija pródiga regresada con una solvencia digna de acallar a más de una mordaz crítica hecha desde un lado del sofá con el tufo de resentimiento -acaso lógico- que albergan en su interior algunos seguidores de la banda.Una noche para recordarY sí, esta gira tiene mucho de nostalgia y de ganas de recordar, elementos que priman sobre la necesidad de una performance perfecta. Pero, al fin y al cabo, quién no ha querido por un momento tener 20 años menos y gritar como si nada más importara. Machacar y afear el disfrute es tendencia en un contexto actual donde la crispación alimenta almas y gana likes.Ni Amaia ni la banda estuvieron de 10, pero los cañones ya estaban cargados antes de que los primeros compases de '20 de enero' inundaran un Palacio ansioso por entrar en comunión con sus memorias. Ni estamos en el 2000 ni esto va a sonar perfecto, pero negar la mejoría en afinación, la seguridad y soltura en escena es escasear de decencia. Faltó potencia y el público se erigió en coro fagocitador de perdonables carencias, pero las filias y fobias no deben esclavizar a la objetividad: ni Olimpo, ni desastre. Entretenimiento del bueno.