Es probable que el bueno de Steven Patrick Morrissey (Mánchester, 1959) no supiera anoche que pegado al Movistar Arena de Madrid hay un bar llamado Los Torreznos, cuya especialidad son, claro está, los torreznos. Ni que muchos de sus seguidores se atiborraban de torreznos antes de comenzar la actuación. Traidores. «Lo estábamos hablando justo ahora, que si se entera de que estamos aquí dándole a los torreznos y a la oreja, nos echa. Menos mal que no nos va a ver», comentaban ayer entre risas algunos de ellos en referencia a su conocida cruzada contra los carnívoros y a su afición por cancelar conciertos cuando se vende carne en los recintos.El verano pasado ya lo sufrió el festival madrileño de las Noches del Botánico y, hace cuatro meses, en un episodio mucho más sorprendente e insólito, el Palau de les Arts de Valencia. Según el comunicado de su equipo, el evento no se pudo celebrar por «falta de sueño» después de haber conducido dos días desde Milán y «no haber podido descansar debido al ruido» de las Fallas. Esta experiencia dejó al vocalista «en estado catatónico», aseguraban. «Un infierno indescriptible. Tardaré un año en recuperarme, y eso es quedarse corto», señaló el propio Morrissey.Por eso anoche, durante los cuarenta minutos de vídeos musicales que se proyectaron antes de la hora anunciada –Los Ramones, Interpol, David Bowie…–, nadie las tenía todas consigo. A Morrissey, sin embargo, se le perdona todo, porque fue aparecer sobre el escenario, gritar «¡Madrid, Madrid, Maaaaadrid!», empezar a sonar las primeras notas de 'Billy Budd' y ya nadie se acordaba de las muchas afrentas sufridas.Arrancó el concierto cañero, la faceta siempre menos esperada y apetecible de Morrissey y, esta vez, con un sonido no muy bueno. Una pequeña china en el zapato, porque tras este tema inicial, inspirado en la última e inconclusa novela de Herman Melville del mismo título, y el sucio riff de 'I Just Want To See The Boy Happy', el ex de los Smiths se zambulló de lleno en la melodía para satisfacción de los menos de 7.000 espectadores que acudieron ayer al pabellón. No estaba lleno, no, pero siguió adelante con entusiasmo y lo levantó. En 'The Youngest Was The Most Loved' proyectó un plano de la recomendadísima película 'El odio', dirigida por Mathieu Kassovitz en 1995. Con 'First Of The Gang To Die', uno de los éxitos que ha cosechado en su ya larga andadura en solitario, protagonizó el primer momento de euforia de la noche, aunque el público tardó en arrancar. The SmithsNo cabe duda de que muchas de las canciones de Morrissey podrían haber estado en cualquiera de los discos de The Smiths, y eso es algo que queda claro en cada directo. Uno puede llegar a pensar que en las audiciones a los guitarristas que ha tenido como solista, les pregunta: «¿Te gusta Johnny Marr? ¿Puedes tocar la guitarra como él lo hacía conmigo?». Y si la respuesta es afirmativa, los contrata, aunque jamás lo fuera a reconocer.Morrissey echó mano pronto del repertorio de su antigua banda. Muy celebradas y casi seguidas sonaron «Shoplifters Of The World Unite', la preciosa 'A Rush And A Push And The Land Is Ours' –tema que abría el último disco de The Smiths, 'Strangeways, Here We Come' (Rough Trade, 1987)– y la celebrada 'How Soon Is Now?', con la distorsión retumbando por doquier y Bruce Lee haciendo de las suyas en la pantalla. El pabellón suena cada vez mejor, aunque desde la grada de fondo, en ocasiones, diera la impresión de que faltaba un poco de volumen.No importa demasiado. Leonard Cohen obligaba a sus músicos a tocar lo más bajo posible en los ensayos y algo sabía de eso. Morrissey, por su parte, cuenta con un buen puñado de buenas canciones, de las que escribió con Johnny Marr y de las que no, y eso es lo importante. Algunas tienen una melodía tan redonda y bonita, con unas letras tan tristes y desgarradoras –¿la combinación perfecta?– que por sí solas pueden sortear cualquiera de los escollos que se le presentaron anoche. Prueba de ello fueron 'Notre-Dame', con otro retrato de fondo, esta vez el de Jack Kerouac, y 'Make-Up Is A Lie', con la compañía de una despampanante Brigitte Bardot de joven. Son los fantasmas del exvocalista de los Smiths, que marcaron la imagen de su antigua banda y de la nueva.Hora y mediaNo habló mucho con el público. Iba despachando una canción tras otra sin más parafernalia que su propia obra. Después de 'Sure Enough, The Telephone Rings', el ex amigo de Marr se permitió su primera broma, crítica o mitin, llámenla como quieran. «La siguiente canción ha sido escogida para representar a España en la próxima edición del festival de Eurovisión», comentó con sarcasmo antes de que en la pantalla se emitiera una corrida de toros, para arrancarse después con 'The Bullfighter Dies'. Fue el único momento en el que Morrissey hizo gala de su postura antitaurina, esa misma que, de haberlo sabido, le habría llevado a vetar la entrada a sus seguidores torrezneros. Para el tramo final del concierto, que duró un poco más de hora y media, el irreverente y malhumorado vocalista reservó sus mejores canciones: 'Everyday Is Like Sunday', 'The Monsters Of Pig Alley', 'Suedehead' y la coreada 'I Know It's Over', otra de las de antes, de las míticas. A estas alturas, todo sonaba ya perfecto. No había rastro de ese sonido irregular de los primeros 45 minutos. Y Morrissey, como es habitual, se había guardado su as en la manga para sacarlo después de un breve receso que aprovechó para ceder la palabra cada uno de los músicos de su banda, los cuales se dirigieron a la audiencia en español. Apareció después con un ramo de gladiolos en la manos y empezó a entonar 'There Is A Light That Never Goes Out'.Morrissey se quitó la camisa y todo el pabellón gritó. El triunfo del coqueteo. «Condenado a la elegancia», dijo poco antes. Luego lanzó las flores al público y este le respondió cantando la letra de su famosa canción de principio a fin. «Take Me Ouuuuuut, Tonight». Emociona. Es el punto ganador del de Manchester. El jaque mate antes de desaparecer y dejarnos con Pasolini en la pantalla. Su último fantasma para decirnos adiós, hasta la próxima, si no nos cancela.