Cuando Xabier Anduaga sube al escenario y canta, es muy difícil recordar que se trata de un tenor que tiene solamente treinta años. Lleva una década en ascenso, pero aun así sigue resultando sorprendente. El reciente éxito de su 'Sonnambula' en el Metropolitan de Nueva York junto a Nadine Sierra ha cogido con el paso cambiado incluso al máximo responsable del centro, el todopoderoso Peter Gelb. El público pidió más Anduaga, pero tendrá que esperar hasta 2028 (aparte de su participación puntual en una gala), porque está muy solicitado. Estos días, para ser exactos, en el Gran Teatro del Liceo , donde este lunes canta por primera vez el papel de Werther en la ópera homónima de Massenet.— A los treinta todavía quedan muchos roles por debutar.— Sí, y este es además un papel icónico que han cantado los más grandes de la historia. Todo el mundo me lo recuerda, aunque yo ya lo sé. Siento mucha responsabilidad encima, pero la afronto con muchísima ilusión y con muchas ganas.— Menuda presión. Como si cantar pensando solo en el público de esa noche no fuera suficiente.—A mí hay un punto que me enfada un poco. Si alguien paga una entrada, es porque quiere disfrutar. No hay que pensar si antes ese papel lo cantó Aragall, o Alagna, o Carreras, que evidentemente lo cantaron y probablemente lo hicieron mejor, pero en este momento me tienen a mí, y a mis colegas, sobre el escenario: ¡disfruten de la ópera! Yo tengo muy presente una frase que me dijo mi gran amiga Nadine Sierra: «No todas las noches hay que hacer historia».Noticia relacionada No No crítica de música Anduaga: recital subido de tono CARLOS TARÍN— ¡Buena!—Es que trabajamos mucho juntos y un día nos estábamos comiendo mucho la cabeza, y me dijo esa frase. Evidentemente, ninguno de estos tenores de los que hablamos vivieron cada día el mejor día de su carrera. Yo me quito la presión diciendo: voy a hacerlo lo mejor posible, siempre, siempre voy a dar lo mejor de mí. Pero hay cosas que no se pueden controlar.— No tienen ustedes que hacer historia, pero tienen que hacer música. ¿Qué es para usted la música?—Bueno, es mi vida, yo desde que tengo uso de razón estoy con la música, vivo con la música, estudio música y canto, que es que al final es lo que me gusta hacer desde pequeño, con siete años en el Orfeón Donostiarra: cantar con mis amigos, pasármelo bien...«A veces los artistas estamos completamente vendidos. A mí me ha salido bien, pero hay muchísima gente a la que no» — ¿Había imaginado alguna vez cantar en el Met, en el Liceo?—No, no, ni mucho menos, nunca, jamás. Son cosas inimaginables que sueñas, porque si no sueñas, si no tienes objetivos, es complicado llegar ahí. Pero hay que meter muchas horas, hay que comerse muchos noes y para llegar a que te digan que sí necesitas sueños, que quiere decir objetivos, mucho esfuerzo y trabajo.— ¿Ha escuchado muchos noes?—No sé si he escuchado muchos o pocos, pero sí sé que he tenido que hacer muchísimas audiciones, más de veinticinco en diferentes teatros. Para cantar en el Met pasé por una serie de pruebas. Tuve la suerte de que fueron bien, pero siempre tienes esa presión de no saber hacia dónde vas. Cuando estás audicionando, tú te pagas el avión, el alojamiento... Te dejas un montón de dinero sin saber qué va a pasar con tu vida. Hay muchísima gente que no lo recupera y esa es una parte de la que no se habla. A veces los artistas estamos completamente vendidos. A mí me ha salido bien y me alegro muchísimo pero hay muchísima gente a la que no le sale bien o que sufre más que yo para llegar a poder recuperarlo. Es muy complicado.— Hablemos de los aplausos. Hace nada dio un recital en el Liceo y el público empezó a aplaudir nada más pisar usted el escenario, como les pasa a los más grandes, sin necesidad de que empiecen a cantar ni una nota. ¿Lo sorprendió ese recibimiento?—Sí, sentí que salía a un teatro que me quería y que tenía ganas de estar conmigo y de acompañarme en ese recital, pero yo creo que era más como decirme «estamos contigo».«He nacido para cantar. Lo que más feliz me hace es ver a la gente sonreír porque canto»— ¿Siente lo mismo con el público de Nueva York, por ejemplo?—Bueno (ríe bromeando), son americanos para bien y para mal, pero desde que canté 'L'Elisir d'amore' allí hace ya tres años hice una muy buena conexión también con ellos. — Se le ve algo azorado hablando de aplausos.—La parte de los aplausos, de que la gente me diga «qué bien lo haces, qué guapo eres», todavía me cuesta un poco de encajar. De hecho, si los aplausos al final de un concierto duran mucho, no sé qué hacer. Supongo que es una parte que tengo que trabajar, será una cuestión de madurez que llegara en algún momento. Pero tengo claro que he nacido para cantar y que lo que más feliz me hace es ver a la gente sonreír porque canto.