A poco que uno se asome al abismo de su vida, es imposible no pensar en el milagro que supone ver a Eric Clapton aparecer en el escenario del Movistar Arena a sus 81 años, colgarse su Fender Stratocaster y despachar el solo de 'Badge' mientras grita como si tuviera 20 años. Hacía justo un cuarto de siglo que el célebre bluesman de vida atormentada no pasaba por Madrid. 'Una guitarra legendaria y arrebatadora', tituló entonces ABC sobre aquella última actuación en la capital, en este mismo recinto con todo vendido, como ayer.En el ambiente la duda de si esta sería la última vez. Y tras esa primera canción de Cream, Clapton empezó a perseguir fantasmas del pasado en un concierto con más versiones que canciones propias. El blues es el folclore yanqui, está permitido. Primero tiró del pianista Charles Segar, del que interpretó 'Key To The Highway' con una fotos horribles de coches deportivos a sus espaldas, y después de Willie Dixon, con su clásico 'I'm Your Hoochie Coochie Man'. A pesar de estar arropado por una banda increíble de siete músicos, Clapton deja claro desde el principio quién lleva la batuta. Suyos son los punteos más salvajes, como si no hubiera rastro de la enfermedad neurológica que, hace unos años, amenazó con acabar con su carrera. Noticia relacionada general No No Hombres G: «A nuestros hijos les pedimos que no hagan lo que hacíamos nosotros» Nacho SerranoEl primer tramo eléctrico finalizó con uno de los momentos cumbres de la noche. Clapton trascendió las fronteras del blues y se dejó mecer por los brazos de Bob Marley para poner a cantar a todo el pabellón con 'I Shot The Sheriff'. El puente perfecto para sacar su guitarra Martín, quedarse solo en el escenario y calmar a la fiera con otra versión de 'Nobody Knows You When You're Down And Out', de Jimmy Cox, y la conmovedora 'Golden Ring'.Clapton se mantiene sobrio con el pasaje acústico, el más fácil, pero también es bonito. Apenas se dirige al público. Despacha una canción tras otra sin el más mínimo agradecimiento, al estilo Bob Dylan , como si los peores recuerdos de su vida estuvieran ahí, cuando estaba machacado por la cocaína, la heroína y el alcohol, y quisiera acabar cuanto antes. «No me suicidé fue porque sabía que, si estaba muerto, no podría seguir bebiendo», llegó a decir. Sobrevivió para cantarlo en himnos como 'Layla', que tocó para dejar que los 15.000 seguidores sucumbieran a la tristeza, con palmas y muchos «¡oooooh!».Sin bisesTodos susurran la letra. El recinto era un pequeño garito con la tragedia sobrevolando de fondo. Clapton cargó con sus adicciones durante veinte años y consiguió desintoxicarse en 1987, un año después de nacer su hijo Conor. Cuatro años después lo llevó al circo. Era la primera vez que se quedaba solo con él y estaba nervioso, pero emocionado. A la mañana siguiente quiso llevarlo al zoo, pero la madre llamó histérica: el niño se había precipitado desde la ventana de su casa, en el piso 49. Superó aquella pesadilla, asegura, con la guitarra y 'Tears In Heaven', el único número uno de su carrera compuesto por él solo. Un tema que compuso para responder a la pregunta de «¿nos volveremos a ver?». «¿Y si te viera en el cielo, me ayudarías a ponerme de pie?», cantaba anoche todo el mundo, poco antes de volver la banda y soltarse con 'Tearing Us Apart' y 'Old Love'. De nuevo las imágenes horribles proyectadas en las pantallas, desde un hipopótamo a una pared de ladrillos.Clapton se cargó los bises después de que un vinilo lanzado por un seguidor le golpeara en la caraEn el tramo final del concierto apareció el espíritu de Robert Johnson, con 'Cross Road Blues' y 'Little Queen Of Spades'. Un homenaje al gran ídolo de Clapton desde los años en los que se pateaba los clubes de Londres improvisando con su «amigo» Jimi Hendrix o sustituía a Mick Jagger en los primeros conciertos de los Rolling Stones . El telón se cerró tras una hora y cuarto escasa, con 'Cocaine', de J.J. Cale. Silbidos de cabreo por la brevedad del concierto a precio de oro. Clapton se cargó los bises después de que un vinilo lanzado por un seguidor le golpeara en la cara. A la salida, críticas: «¡Hay que ser gilipollas!» y «es una pena, porque el concierto estaba siendo la hostia». Pero no volvió, dejando en el aire la misma pregunta que le hacía al pequeño Connor: ¿nos volveremos a ver, Eric?