Escuchando

Iván Fischer, el director de orquesta que nunca buscó el podio

Si Iván Fischer no quería ser algo era director de orquesta, pero caprichosa es la vida que terminó situándolo entre las batutas más admiradas del mundo precisamente cuando solo aspiraba a escribir música. El gesto que lo delata fue su entrada al Palacio Carlos V, enmarcado en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Junto a su querida orquesta, la Budapest Festival Orchestra, el maestro regaló una noche inolvidable recibido entre aplausos bajo una entrada al podio sencilla, tímida, y al mismo tiempo decidida. «Recuerdo que tuve una sensación muy agradable con el sonido en Granada la primera vez junto a mi orquesta . Por supuesto, la belleza del lugar ayuda, porque se produce una combinación de belleza estética cuando el entorno visual y el acústico son tan maravillosos como aquí», confiesa emocionado a ABC. Lo cierto es que su historia no empezó con un niño soñando con dirigir las mejores orquestas del mundo, sino con un joven fascinado por inventar música. El húngaro, descendiente de una estirpe de músicos que entendieron la música como oxígeno para superar la existencia misma tras el exterminio de los judíos, creció en una familia donde la cultura ocupaba un lugar casi sagrado, estudió piano, violín, violonchelo y composición aunque lo que se podía intuir sobre su futuro cambió casi por accidente. Ganó un concurso internacional de dirección con apenas 25 años y comenzaron a llegar invitaciones de las grandes orquestas. Lo que para muchos habría supuesto la culminación de un sueño, para él fue más bien una corriente que lo arrastró. La dirección terminó ocupando todo el espacio de su vida hasta el punto de dejar de componer durante décadas porque, como ha explicado en numerosas ocasiones, tenía la cabeza llena de la música de otros. Sin embargo, Fischer reconoce que la persona que sostiene la batuta termina mostrándose tarde o temprano cuando dirige: «La música lo revela. En cada instante, incluso si quiero esconderme detrás del compositor, nunca funciona del todo. Igual que un actor siempre es una combinación entre el personaje y él mismo».Noticia relacionada general No No La Filarmónica de Nueva York y Klaus Mäkelä, protagonistas de la temporada de Ibermúsica Clara Molla PagánMientras buena parte de los grandes directores del siglo XX perfeccionaban un modelo basado en la autoridad del maestro y en la conservación de las tradiciones, Fischer empezó a preguntarse si todo aquello seguía teniendo sentido. No entendía por qué una orquesta debía sentarse siempre igual, por qué el repertorio parecía detenido en el siglo XIX o por qué el director seguía ocupando un pedestal casi intocable. « Sigo haciéndome preguntas sobre la dirección. Sueño un trabajo en equipo mucho mejor entre un director y una orquesta. Las dudas podrían tener un papel más importante. A la mayoría de las orquestas les gusta que el director esté convencido y resulte convincente, pero creo que sería magnífico que un director llegara por la mañana y dijera: 'Hoy me gustaría trabajar sobre las dudas que tengo acerca de esta obra'», confiesa el maestro a ABC. Algunas imágenes del maestro Iván Fischer en los ensayos en el Palacio Carlos V durante el Festival Internacional de Música y Danza de Granada BFOParadójicamente, la creación más importante de Fischer no es una composición ni una interpretación concreta, sino la Budapest Festival Orchestra. La fundó en 1983 junto a Zoltán Kocsis, inicialmente como un proyecto para unos pocos conciertos al año. Nueve años después se convirtió en una institución permanente y hoy figura entre las mejores orquestas del mundo. Nació porque estaba profundamente insatisfecho con el funcionamiento de las grandes orquestas tradicionales. Quería construir un laboratorio, un lugar donde los músicos no fueran 'soldados obedientes', sino individualidades capaces de tocar repertorio sinfónico, barroco, jazz o música popular; donde pudieran participar en la programación, improvisar, salir del escenario convencional y mantener viva la curiosidad artística . «Me centro menos en el sonido porque para mí lo más importante es la música, quiero decir que la música tiene un impacto emocional que va mucho más allá del sonido. El sentido del tiempo, la libertad interior, el dinamismo de una interpretación orquestal son más importantes que el sonido en sí. Es como ocurre con un cantante: la interpretación es más importante que la belleza de la voz», aseguraba. Organizó conciertos donde el programa permanecía secreto hasta el último momento. Otros en los que era el propio público quien elegía las obras, obligando a la orquesta a interpretarlas prácticamente sin ensayo previo. En ocasiones los músicos dejaban los instrumentos para cantar; en otras mezclaba físicamente a los cantantes con los instrumentistas para modificar la manera de escuchar el Réquiem de Mozart. Incluso llevó la música clásica a conciertos nocturnos rodeados de jóvenes sentados en pubs, actuaciones al aire libre para decenas de miles de personas o encuentros en los que hablaba directamente con el público. Aunque para todo eso siempre ha sido necesario el silencio. «Sobre todo en el sentido de que hay que estar abierto. Si llegas al ensayo con una interpretación completamente prefijada en la cabeza antes de empezar a trabajar con la orquesta, serás menos flexible. En cambio, si mantienes un silencio interior y simplemente escuchas lo que recibes, eres más libre para construir una buena interpretación », asegura. Salvar el mundoFischer siempre entendió la dirección como una responsabilidad más que como una aspiración. Nunca buscó el podio, aunque finalmente lo encontró. Y puede que por eso, mientras otros han construido carreras, él ha dedicado más de cuarenta años a construir una manera distinta de entender qué puede llegar a ser una orquesta. «No soy perfecto, pero no me importa; no quiero ser perfecto. No soy tan bueno como Gustav Mahler, pero soy mejor que muchos directores que he escuchado . Y eso está bien», asegura con sinceridad. Es tan honesto que abruma, porque igual que reconoce su don asegura que aún hay compositores a los que enfrentarse. «Schumann es muy especial y muy difícil. Creo que he encontrado la clave para la Tercera Sinfonía, pero todavía no para las demás». Su humildad también se aprecia en los discretos 'thank you' que decía con la boca pequeña a los impertinentes aplausos entre movimientos de esa misma obra. ¿Cuál considera que es su mayor responsabilidad al servicio de la música?Hacer mejores a las personas. Servir a la paz y a la tolerancia. Ayudar a la gente a comprenderse mejor a sí mismaVivimos en un mundo de consumo inmediato. ¿Qué puede ofrecer todavía un concierto sinfónico que no pueda encontrarse en ningún otro lugar?La verdad.Puede sonar idealista pensar que la música puede salvar el mundo. ¿Cree que al menos la música tiene el poder de reconciliarnos con lo que está roto?  Creo que ayudará. Por ejemplo, la verdad se está perdiendo a causa de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial. Pero una orquesta interpreta la verdad, no tocamos un Beethoven falso ni un Mozart falso. Y el público confía en eso. Podríamos convertirnos en los guardianes de la verdad.Aunque el mundo lo conoce por la batuta, Fischer nunca dejó de sentirse compositor. Simplemente guardó silencio durante muchos años. La dirección absorbió toda su energía creadora hasta que, ya consolidado como uno de los grandes maestros europeos, decidió recuperar aquella faceta que había quedado suspendida desde su juventud. Escribió obras para pequeños conjuntos vocales, cantatas, música infantil y, sobre todo, partituras atravesadas por la memoria judía. Su ópera 'The Red Heifer' nació como respuesta al resurgimiento del antisemitismo en Hungría. Es inevitable sorprenderse al reconocer cómo alguien considerado uno de los mejores directores del mundo describa su propia profesión con tanta distancia. Fischer ha repetido durante años que no piensa en alcanzar cumbres, que nunca planificó una gran carrera internacional y que la mayor parte de lo que rodea al oficio del director, desde el glamour, el poder, la jerarquía, la rutina de enlazar una orquesta con otra le produce un profundo rechazo. Por eso rehúye la figura del director estrella y prefiere trabajar durante décadas con un mismo grupo antes que coleccionar titulares al frente de grandes instituciones. «Un director debe creer que la música ofrece una experiencia que eleva al oyente, y debe intentar alcanzar precisamente esa experiencia. Nosotros somos solo intérpretes que traducimos las ideas del compositor. Como si fuéramos filtros; dejamos que la música pase a través de nuestra propia personalidad. Por eso el resultado acaba sonando como nosotros. Pero si ese filtrado es demasiado intenso, el director se vuelve demasiado importante, demasiado egocéntrico».