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Un verano en Verbier: de convivir con las estrellas de la música clásica a conciertos improvisados de madrugada

En invierno, Verbier amanece sepultado bajo metros de nieve. En verano, bajo cuerdas. Porque si algo parece esta localidad privilegiada de los Alpes suizos ahora mismo es un campo de batalla. Cada mañana, el suelo se llena de crines de caballo desprendidas de los arcos, cuerdas de violín rotas y restos silenciosos de la batalla de la víspera. No han pasado jinetes durante la noche: han pasado músicos. Muchos. Y han tocado hasta dejar exhaustos sus instrumentos y, de paso, a sí mismos . Los últimos en librar esa particular contienda han sido los violinistas Joshua Bell, Irène Duval y Blythe Teh Engstroem, el chelista Steve Isserlis o el pianista Mao Fujita. El responsable de semejante desgaste tiene nombre propio: el Verbier Festival, uno de los encuentros de música clásica más prestigiosos del mundo, que cada verano transforma esta localidad alpina del cantón suizo de Valais en un auténtico paraíso para melómanos y artistas.Nada más aterrizar en este pequeño paraíso, y al salir del teleférico, nos reciben cantos que se cuelan entre las pequeñas cabañas. Son las masterclasses que reciben los alumnos. Otros responden con más gritos de guerra desde la iglesia, donde se celebran los conciertos, tocando a Schumann o Brahms. Aunque Verbier es mucho más que una programación de conciertos, es un pequeño mundo donde todos ocupan su lugar. Más allá de los grandes nombres invitados, están los jóvenes que tienen la suerte de formar parte de la Verbier Academy, donde reciben clases de grandes estrellas y tocan por las noches; también están quienes forman parte de la Junior Orchestra y los mayores, que forman directamente la Verbier Festival Orchestra.El Verbier Festival es el sueño cumplido de Martin T. Engstroem. Este gestor cultural sueco, que trabajó junto a Herbert von Karajan y también para Deutsche Grammophon, además de ser descubridor de Lang Lang, Anna Netrebko o Hilary Hahn, empezó a dar forma al proyecto en 1991, después de descubrir el potencial de Verbier mientras esquiaba en la estación alpina. Su mayor reto fue convencer a algunas de las mayores estrellas de la música clásica de que viajaran a una estación alpina sin tradición festivalera para participar en un proyecto que todavía no existía. « Siempre he pensado que existen dos tipos de artistas: los que dan y los que toman . Y para mí es fundamental que todos los artistas invitados sean de los que dan. Participan en la vida del festival, asisten a conciertos, hablan con los jóvenes y con los estudiantes, forman parte de la comunidad y de todo lo que ocurre en ella. Por eso, cada artista que es invitado al Verbier Festival ha sido elegido personalmente, es una selección completamente subjetiva», explica Engstroem, su fundador, a ABC.Algunos músicos de la orquesta del Verbier Festival tras un concierto. Izquierda, la pianista Martha Argerich junto al chelista Mischa Maisky. Lucien Grandjean / Lauren Pasche / Aline PaleyPor sus escenarios desfilan cada verano nombres como Martha Argerich, Evgeny Kissin, Yuja Wang, Joshua Bell, Mischa Maisky, Janine Jansen, Klaus Mäkelä o Simon Rattle. Pero si algo descubrimos durante esos días en Verbier es que el verdadero lujo del festival no siempre ocurre bajo los focos, sino antes y después de los conciertos. Basta recorrer sus escasas calles, sentarse en una de sus terrazas o entrar en cualquiera de sus pequeños restaurantes para comprobar que aquí las estrellas dejan de ser inalcanzables. En Verbier uno puede encontrarse a Martha Argerich tomando un café con amigos, a Evgeny Kissin firmando autógrafos y posando con quienes se acercan a saludarle mientras pasea con su familia, o a Mischa Maisky riendo junto a Argerich camino de un concierto. Nosotros mismos nos cruzamos con algunas de estas escenas, a escasos metros, asistiendo como testigos privilegiados a momentos que en cualquier otra ciudad resultarían imposibles.Es uno de los milagros del Verbier Festival. Su tamaño obliga a que todos compartan el mismo escenario fuera del escenario. Las grandes leyendas de la música clásica desayunan en el Médran Café, hacen una pausa para un té en el Offshore o coinciden a la hora de comer en La Grange. Los jóvenes músicos se cruzan con los artistas a los que llevan años estudiando; nosotros mismos compartimos la cola de esa misma cafetería o la mesa de al lado en uno de esos restaurantes. Durante unas semanas, Verbier borra las distancias que normalmente separan al mito de quien lo admira. Y eso convierte a este pequeño pueblo suizo en una suerte de paraíso para cualquier amante de la música. «Es un lugar al que se llega por una única carretera y del que se sale por esa misma carretera. Nadie acaba en Verbier por casualidad: quien está allí durante el festival ha ido expresamente por la música. Eso crea una atmósfera extraordinaria, en la que la relación entre el público, los estudiantes y las grandes estrellas es muy directa. Es muy distinto de lo que ocurre en Lucerna o Salzburgo, donde resulta prácticamente imposible acercarse a los grandes nombres porque hay personal de seguridad por todas partes. En Verbier no ocurre eso. Si quieres ir entre bastidores después de un concierto, no hay cordones de seguridad. Los estudiantes y el público pueden acercarse, hacerse un selfi, pedir un autógrafo o simplemente saludar. Las puertas están abiertas. Y eso, para mí, es algo muy importante», confiesa su fundador.El pianista Evgeny Kissin haciéndose un 'selfi' con una asistente. Evgeny Evtyukhov En Verbier uno aprende pronto que el mayor problema del día no es qué concierto elegir, sino a cuál renunciar. Desde las once de la mañana y hasta bien entrada la medianoche, la música no descansa. Los recitales se suceden sin tregua y, en ocasiones, hasta se pisan entre sí, obligándote a salir casi corriendo de la Église para llegar a tiempo al Pavillon des Combins. Pero lo extraordinario es que aquí las distancias desaparecen por completo. Las salas son pequeñas y la música sucede a escasos metros de ti; tanto, que en muchas ocasiones quienes ocupan las butacas de alrededor son los propios músicos que acabas de escuchar o aquellos a quienes has venido a escuchar. Durante estos días nos hemos sentado al lado de Julien Quentin para escuchar a Joshua Bell. Nos ocurrió lo mismo para ver a Argerich, donde nos separaba una butaca de Kissin. Uno llega a Verbier buscando el mejor repertorio posible (y lo encuentra), pero acaba llevándose también algo que no aparece en ningún programa: los gestos de aprobación, las sonrisas y los aplausos de quienes mejor conocen esa música porque son ellos mismos quienes la interpretan sobre los escenarios de todo el mundo. Entre concierto y concierto también se conocen historias. Theresa y su marido, llegados desde Sudáfrica, llevan años ahorrando para volver cada verano desde que se jubilaron. «Todo nuestro año gira en torno a estas dos semanas. Esto no ocurre en ningún otro sitio», contaban. Y por eso hay un respeto casi sagrado por lo que sucede cuando se apagan las luces. Nadie tose. Nadie aplaude entre movimientos. Pero cuando el concierto termina, la contención desaparece y llegan las ovaciones interminables y las propinas. Nobuyuki Tsujii , de hecho, regresó para hacer hasta tres bises.Algunos instantes durante las masterclasses de la Verbier Academy y del festival. Alstaedt Janos / Agnieszka BiolikA Verbier hay que venir preparado para cambiar de planes. Uno cree que después de cenar toca retirarse, pero aquí la noche puede acabar con una subida a una iglesia en mitad de la montaña siguiendo el rastro de unos músicos. Y eso es exactamente lo que hicimos: pasadas las 23.00, nos lanzamos colina arriba para descubrir qué estaba ocurriendo allí. A medida que nos acercábamos, empezamos a ver pequeñas siluetas cargando con sus instrumentos a la espalda. La respuesta estaba dentro: Mendelssohn sonando y doce jóvenes músicos listos para tocar. Son los Windows Concerts , unos encuentros improvisados que organizan cada noche los jóvenes de la Academy o de la orquesta y que se realizan con el único objetivo de tocar juntos y disfrutar . La entrada es gratuita y, entre ellos, un joven músico se acerca a saludarnos. «Me invitaron hace un par de días y solo he tenido unos pocos huecos para prepararme», cuenta el chelista Carlos Vidal Ballester. Fue seleccionado para formar parte de la Academy este verano y solo tiene tiempo para estudiar antes del desayuno porque el resto del día lo ocupan las masterclasses y los ensayos. «Aquí si no acabas el mes reventado es que hay algo que no has hecho bien», cuenta el joven valenciano. Si de algo hemos sido testigos en Verbier es de que aquí la música está viva. Viva de verdad. Allí, hasta las partituras parecen admitir una última conversación. Como con el 'Trío para piano n.º 2 en mi bemol mayor' de Schubert. Antes de interpretarlo, el chelista Steven Isserlis recordó, entre risas, que el compositor decidió eliminar una parte de la obra, aunque él sospecha que simplemente «se equivocó». Así que los músicos optaron por devolverle esas páginas y tocar la versión íntegra, tal y como Schubert la había concebido originalmente. Son cosas que solo ocurren allí y que sería imposible ver en otro lugar. Es la libertad en estado puro. El cielo se debe parecer a Verbier. Aquí suceden cosas que difícilmente ocurrirían en cualquier otro festival. Al terminar el concierto de Argerich, pudimos ver a Kissin levantarse para aplaudir de pie junto a su familia, orgulloso, celebrando a sus compañeros desde el patio de butacas. Minutos después, con una sonrisa, nos confesaba que había sido un concierto extraordinario. Nos contó más historias, otras sucedieron delante de nosotros, pero preferimos guardarlas para que se descubran aquí, cuando uno está en Verbier, cuando es el mismo Kissin quien te las cuenta. Al fin y al cabo, aquí todo es posible.