Llegó Patti Smith a Asturias con la carmabola hecha de celebraciones: la de su premio Princesa de Asturias de las Artes y la de los cincuenta años exactos de su concierto en España. La estadounidense sopló las velas (no es un decir, no del todo) en el Teatro Jovellanos de Gijón con un espectáculo en la frontera de la nostalgia y la esperanza, ahí donde habitan la poesía y la plegaria. Dejemos que lo recuerde ella: «Me trajo aquí Gay Mercader. Gay y yo éramos muy jóvenes, rondábamos la treintena, y los dos queríamos hacer cosas nuevas. Él quería traer el rock and roll a España después de la larga dictadura franquista, y me trajo a mí aquel día… No fue perfecto, no teníamos el equipo suficiente, pero estábamos juntos».Fue esa la energía que invocó desde el principio, con el público muy de ovación y sin teléfonos móviles, o sea, con ganas. El repertorio cubrió ese medio siglo de historia a capricho, como en familia (su hija Jesse al teclado, su hijo Jackson a la guitarra), entre fantasmas y cuerpos vivientes, entre pasado y futuro, entre el más allá y el más acá de los seres todavía humanos.Empezó Smith con ‘Dancing Barefoot’, de 1979: «Una música extraña me atrae, me hace venir como una heroína». Y así estaba ella, un poco diva y un poco (más) heroína, con una fuerza por encima del tiempo, de la biología. Luego siguió con los toques reggae de ‘Redondo beach’ (1975), y continuó por el camino de la espiritualidad con ‘Ghost Dance’, inspirada en los ritos y sonidos y creencias de los nativos americanos, a los que mostró sus respetos chamánicos de suma sacerdotisa del punk. También homenajeó a Rimbaud, que estaba de cumpleaños. Lo describió como el capitán de un barco borracho, navegando a la deriva, buscando nuevos sentidos. ¿Y no navegan así todos los artistas?La canción más reciente de la noche fue ‘Nine’, un regalo de Johnny Deep para su disco ‘Banga’ (2012). Smith abrió una puerta a The Doors, con una versión de ‘The Crystal Ship’, del primer disco de la banda. Y la puerta no se cerró en la siguiente, ‘Break It Up’, donde invocó, a su manera, a Jim Morrison, pues la canción nació de un sueño que tuvo en el que él, atado como Prometeo, se liberaba. Ya se sabe: pasado el tiempo, cualquier cementerio puede ser un escenario, una verdad que da miedo leer al revés… La cosa iba de cadáveres exquisitos.‘Fireflies’ y ‘Pissing in a River’ (esta se la dedicó a Gay Mercader y a Lorca, dos por uno, pero muy arriba, muy enérgica) dieron paso a ‘Because the Night’, un himno que levantó al público y sonó a preámbulo del himno-himno, que se hizo esperar un poco, pues antes tocó ‘Peaceable Kingdom’, que escribió para los palestinos en 2003 y dedicó a todas las víctimas de guerras y genocidios, con la confianza puesta en la reconstrucción, es decir, la resurrección. Muerte y vida, lo de siempre.‘People Have the Power’, el cierre, fue todo lo que uno espera: energía colectiva, entusiasmo y esas cosas que sigue teniendo o invocando esta mujer de casi ochenta años que aún cree que el mundo puede ser, al menos, un poco mejor.