Hay quienes responden a la guerra con discursos, quienes lo hacen con más guerra y quienes desafían el ruido del mundo con algo tan frágil y, al mismo tiempo, tan poderoso como la música. Es el caso de Amatis Trio, formado por la Lea Hausmann (violín), Samuel Shepherd (cello) y Mengjie Han (piano), que lleva al Palau de la Música Catalana este martes 'Humanity in War', un programa que entrelaza obras de Schubert, Schumann, Shostakóvich, Korngold o Rebecca Clarke con cartas y diarios de quienes vivieron la Primera Guerra Mundial. No para explicar la guerra ni para detenerla, sino para devolverle los rostros que las cifras borran: los de jóvenes que partieron al frente, familias que aguardaban noticias y personas que, incluso en medio del horror, seguían escribiendo sobre sus vidas cotidianas. «Hemos tenido la enorme suerte de poder viajar libremente a través de las fronteras, conocer a personas de diferentes culturas y compartir música con públicos de todo el mundo. Al observar las guerras y los conflictos de nuestro tiempo, hemos recordado constantemente lo frágil que es esa libertad y lo fácilmente que podemos dar la paz por sentada», contaba Lea Hausmann, una de las integrantes, a ABC.En una época en la que las noticias se suceden a una velocidad vertiginosa, también el horror corre el riesgo de convertirse en ruido de fondo. Frente a esa indiferencia involuntaria, Amatis Trio reivindica la capacidad de la música para detener, aunque solo sea por un instante, esa rueda y devolver a las víctimas su dimensión humana. «Lo que cada vez nos preocupa más es la rapidez con la que incluso las noticias más terribles se convierten en algo que simplemente asimilamos y dejamos atrás. Leemos un artículo sobre cientos de personas que han perdido la vida y, justo después, el siguiente puede tratar sobre algo completamente ajeno. Antes incluso de haber tenido tiempo de comprender el sufrimiento que hay detrás de esas cifras, nuestra atención ya se ha desplazado a otra parte. Sentimos una verdadera necesidad de responder a esto. No porque creamos que la música pueda detener las guerras, sino porque puede animarnos a hacer una pausa y recordar algo que nunca debemos perder de vista: detrás de cada conflicto hay seres humanos que, en muchos aspectos, son como nosotros», explicaba Hausmann.El programa propone acercarse al conflicto no solo a través de los grandes acontecimientos históricos, sino también de las experiencias íntimas de quienes lo sufrieron. En esta propuesta, el conjunto pone la música y el barítono Thomas Quasthoff, a través de su voz en off, da vida a esos testimonios y establece un diálogo entre la palabra y los instrumentos. El resultado es un recorrido por el sufrimiento humano que busca tender un puente entre las guerras del pasado y los conflictos que siguen marcando nuestro presente. «Era importante que ni la música ni las cartas se convirtieran simplemente en un acompañamiento de la otra. Ambas necesitan su propio espacio y su propia voz. Las cartas son poderosas precisamente porque son muy personales y directas, y Thomas les da vida con una profundidad, una calidez y una humanidad extraordinarias. La música ofrece algo diferente: un espacio para reflexionar sobre lo que se ha escuchado, a veces prolongando una emoción expresada con palabras y otras veces revelando algo que va más allá de ellas», indicaba Sam Shepherd.El proceso de creación fue cuanto menos interesante. La historia suele contarse a través de fechas, batallas, decisiones políticas y cifras, que son importantes, pero que para este trío también podían crear una distancia entre nosotros y las personas que vivieron realmente aquellos acontecimientos. «Una estadística nos dice cuántas personas murieron. Una carta nos recuerda que cada una de ellas tenía una vida [...] Lo que más me conmovió de estas cartas fue lo familiar que resulta gran parte de su contenido. Incluso en medio de la guerra, las personas seguían preocupándose por las cosas cotidianas, querían saber cómo iban las cosas en casa, si sus seres queridos estaban bien y qué estaba ocurriendo en las vidas que se habían visto obligados a dejar atrás. Hay algo increíblemente conmovedor en esa determinación de seguir conectados con la vida normal, incluso en las circunstancias más inimaginables. Aquellas personas no escribían para la historia. Escribían a alguien a quien querían, a menudo sin tener ni idea de que sus palabras podrían ser leídas algún día por desconocidos más de cien años después», añadía Hausmann.La discusión sobre cómo acercar la música clásica a nuevos públicos atraviesa hoy a buena parte de la profesión, especialmente a una generación de intérpretes que no quiere renunciar a la tradición, pero tampoco dar por sentado que deba presentarse siempre de la misma manera. En conversaciones recientes con este periódico, Thomas Dunford y Lea Desandre defendían la necesidad de recordar que la música clásica no nació para ser patrimonio exclusivo de los especialistas, y apuntaban a una generación de músicos más dispuesta a hacerse preguntas sobre las convenciones heredadas. Amatis Trio se mueve en esa misma dirección. Su apuesta no pasa por simplificar las partituras ni rebajar las exigencias de la música de cámara, sino por encontrar nuevas puertas de entrada sin despojarla de su complejidad. «Creo que la respuesta reside menos en cambiar la música que en la manera en que invitamos a la gente a acercarse a ella . Su profundidad es precisamente lo que la hace especial porque recompensa la atención y revela más cuanto más tiempo pasamos con ella. Suavizar esa profundidad significaría perder precisamente aquello que queremos compartir. Lo que sí podemos cambiar es el primer paso, ofreciendo contexto, una historia o una manera de escuchar que ayude a las personas a encontrar su lugar... En 'Humanity in War', las cartas hacen exactamente eso, ofrecen a los oyentes algo humano a lo que aferrarse, de modo que una pieza de Webern o Shostakóvich se convierta en algo que sienten, en lugar de algo que tienen que descifrar», explicaba Mengjie Han.Una mirada comúnLa historia de este trío comenzó casi por casualidad en Ámsterdam, donde coincidieron sus tres integrantes mientras estudiaban en el conservatorio. La violinista alemana Lea Hausmann y el violonchelista británico Samuel Shepherd tocaban juntos en la calle para ganar algo de dinero y buscaban un pianista con el que presentarse al concurso del Grachtenfestival. A través de una amiga común llegaron al neerlandés de origen chino Mengjie Han, de quien les había impresionado su manera de tocar. Apenas tuvieron dos semanas para preparar el repertorio y, contra todo pronóstico, ganaron el premio del público. Era 2014 y acababa de nacer una formación que, desde entonces, ha hecho de la curiosidad y la libertad sus señas de identidad. El Amatis trio y el barítono Thomas QuasthoffEsa forma de entender la música explica también su manera de trabajar. Rara vez están de acuerdo en todo, pero, lejos de verlo como un problema, consideran que sus diferencias alimentan la tensión y la interacción sobre el escenario. «Nos encanta el formato tradicional de concierto, y hay algo increíblemente poderoso en tres músicos que simplemente comparten una gran obra musical con el público, pero la música clásica también es un lenguaje que, hasta cierto punto, el oído necesita aprender. Su poder emocional puede percibirse de manera instintiva , pero comprender sus estructuras y sutilezas suele requerir un oído cultivado. Para nosotros, experimentar no consiste en simplificar la música clásica ni en hacerla más entretenida. Se trata de la curiosidad, de ofrecer nuevas perspectivas que enriquezcan la experiencia de escuchar y abran las puertas a la extraordinaria profundidad que ya existe en ella», explicaba Sam Shepherd.Pocas cuestiones han suscitado tantas reflexiones como la responsabilidad del arte y su capacidad para ir más allá de la belleza o el entretenimiento. Hay quienes encuentran en él una forma de interpelar al mundo, de sacudir conciencias y de dar voz a aquello que a menudo preferimos no mirar. Pero el arte también reclama su propia libertad: no tiene por qué servir a ninguna causa ni someterse a un mensaje determinado. «No creo que el arte tenga la responsabilidad de transmitir mensajes políticos o sociales, y desconfío de su utilización con ese propósito, porque, en el momento en que se le pide a la música que defienda una postura, se convierte en algo más pequeño de lo que es. Al mismo tiempo, el arte nunca puede estar completamente separado del mundo del que procede, ya que un compositor no puede evitar escribir a partir de su propia experiencia vital, y esa experiencia está presente en la música, la señalemos o no. Así que, si el arte tiene alguna responsabilidad, creo que es simplemente ser fiel a la experiencia que contiene y dejar que el oyente saque sus propias conclusiones», concluía Mengjie Han.