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Lágrimas por Dudamel, un sueño cumplido, carreras en Atocha… Tres días con la orquesta más emblemática del mundo

Lo que está a punto de leer no es la crónica de una gira de la Filarmónica de Nueva York. O no solamente. Es la historia de una ciudad que se desplaza sobre ruedas, duerme en hoteles, desayuna a deshoras y cambia de código postal sin dejar de trabajar. Una orquesta no empieza cuando el director levanta la batuta ni termina cuando el público se pone en pie. Entre una cosa y otra hay toda una vida que no se escucha desde el patio de butacas. Durante tres días seremos testigos del arranque de una nueva era, la era de Gustavo Dudamel al frente de este histórico conjunto . Veremos carreras contrarreloj para no perder un tren, sesiones de estiramientos antes de un concierto, lágrimas de los admiradores más entregados del director venezolano y hasta una de esas oportunidades con las que un músico sueña durante años y que, de pronto, aparecen sin avisar: la de un joven fagotista que recibe el encargo de interpretar un solo de Mahler a pocas horas del concierto. También habrá cansancio, turismo exprés, bocadillos a toda prisa y un ejército de personas capaz de desmontar en quince minutos lo que ha tardado horas en preparar. ABC se ha colado en el día a día de la Filarmónica de Nueva York durante su gira española. Y lo que ha encontrado va bastante más allá de la música. --- Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones --- automaticoConocer una orquesta es, en cierto modo, como tener una primera cita: las primeras impresiones importan, y una llega con las preguntas, las dudas y las intuiciones habituales. Y con la NY Phil, que ha vuelto a España tras dieciséis años de la mano de Ibermúsica, la primera impresión es tan buena que nos invitan a subir a su autobús, el que cada día cubre el trayecto entre el Gran Hyatt de Barcelona y el Auditori. Allá que nos metemos, mientras charlamos con la doctora que acompaña a los músicos durante la gira , y descubrimos el pequeño universo que viaja sobre ruedas. Algunos aprovechan el trayecto para descansar; otros miran por la ventana cómo se despereza la ciudad, todavía a la sombra de los edificios. Y muchos llevan consigo a sus inseparables compañeros de viaje: sus instrumentos, que ocupan asientos, descansan sobre las piernas o viajan bien sujetos, como un pasajero más. Muchos de ellos además viajan con sus familias, maridos, hijos...Los músicos de una gran orquesta tienen algo de superhéroes porque les toca plantar cara al cansancio, al 'jet lag', a los cambios de horario y hasta a una comida distinta de la habitual, pequeños enemigos capaces de poner patas arriba el estado de ánimo y el cuerpo de cualquiera. A ellos les espera el escenario y un instrumento que no entiende de excusas. Por eso se preparan también como verdaderos atletas, aunque no siempre de la manera que uno imagina. Mientras algunos pasajeros del autobús llevan sus instrumentos bien guardados en las fundas, otros sacan unas gomas elásticas y empiezan a estirar. Así, sin más. Lo que comienza como una especie de consulta improvisada entre la doctora de la gira y uno de los violinistas va atrayendo poco a poco a otros músicos, hasta convertirse casi sin querer en una clase de 'stretching' sobre ruedas . Antes de conquistar Mahler también hay que cuidar la maquinaria que lo hace posible.Algunas imágenes del desembarco de la Filarmónica de Nueva York en Barcelona C.M.P.El ambiente es de lo más animado. Hay alegría, jolgorio, bolsas del Barça que van y vienen y músicos que, además de la visita a Barcelona, parecen encantados con la posibilidad de acercarse al estadio. Pero el bullicio se apaga de golpe cuando entra Gustavo Dudamel en la sala. El director venezolano no necesita grandes ceremonias para hacerse con el espacio. Lo primero que hace es felicitar a la orquesta por el concierto de la víspera en París y lanzar una recomendación: «Espero que hayáis probado las tapas». En ese primer ensayo acústico, el maestro salta del escenario para recorrer la sala hasta el final y comprobar el sonido también desde las últimas butacas. Lo cierto es que Dudamel ha conseguido sacar la música clásica de sus compartimentos habituales y acercarla a públicos que quizá nunca se habían planteado entrar en una sala de conciertos. Después de una larga etapa al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, el director venezolano asume esta temporada la batuta de la Filarmónica de Nueva York. Entre los músicos se cruzan miradas de admiración, otras de asombro, y se percibe todavía esa mezcla de respeto y curiosidad propia de las primeras fases de una relación. Pero si dentro de la orquesta aún se están conociendo, fuera ya tiene una legión de admiradores. A las puertas del Auditori, varios compatriotas esperan con la ilusión de quien está a punto de encontrarse con alguien de casa. «¡Barquisimeto, Barquisimeto!», grita uno. «¿Qué es Barquisimeto?», se pregunta otro, sin terminar de entender la contraseña. «¡Barquisimeto, soy de Barquisimeto!», insiste un tercero. Y es que el maestro nació en esta ciudad venezolana, y algunos paisanos han acudido con la esperanza de llevarse una fotografía para el recuerdo. Dudamel se detiene, sonríe y hace lo que puede para atenderlos, aunque el reloj apremia y el hotel espera. Con las manos, dibuja unos gestos de disculpa: le encantaría quedarse, pero toca marcharse.Qué sería una gira sin imprevistos y la Renfe sin retrasos. A las tres de la mañana nos llega un correo: el AVE sale con demora. Uno podría pensar que hay más tiempo libre para callejear por Barcelona, pero hay un pequeño detalle y es que esa misma tarde hay concierto en Madrid y hay que llegar como sea. De modo que allá que nos vamos, rumbo a Barcelona-Sants, donde nos recibe personal de Renfe para conducirnos por un pasillo improvisado hasta el control de seguridad. Delante se forma una larga comitiva de alrededor de 150 personas, una fila que avanza con rapidez mientras las miradas curiosas de otros viajeros se posan sobre nosotros. Los carteles de la New York Philharmonic y sus instrumentos los delatan: son los grandes músicos de la Gran Manzana, que también tienen que hacer malabares con los horarios ferroviarios. Por si alguien lo dudaba, nadie se libra de un buen retraso. Más imágenes del desembarco de la Filarmónica de Nueva York en España C.M.P.Pero si algo tienen estos viajes es que, entre esperas, trayectos y cambios de planes, también permiten conocer un poco mejor a quienes se esconden detrás de los instrumentos. Lejos del escenario y de la solemnidad de la sala de conciertos, la gira deja pequeñas ventanas abiertas a sus protagonistas. Como Sherry Syral, oboísta principal de la NY Phil que lleva 42 años en esta orquesta. «Simplemente me encanta hacer música y tocar el oboe. La música siempre me sorprende. Toco cada pieza de mi vida como si fuera la primera vez. Estoy tratando de mantener la energía viva», cuenta emocionada. El tiempo apremia, y vaya si apremia que a la salida de Atocha ya nos esperan cuatro autobuses que nos trasladan rápidamente al hotel y, de allí, al Auditorio Nacional, donde nos aguarda un pequeño festín de supervivencia para músicos en gira: sándwiches, zumos y todo lo necesario para reponer fuerzas antes de salir a escena. También hay tiempo para un breve ensayo acústico, un último tanteo con la sala que permite comprobar cómo respira el sonido antes de que llegue el público. Y llega la hora de la verdad. El concierto es un éxito: los aplausos se prolongan, los músicos reciben el reconocimiento de una sala entregada y el público acaba poniéndose en pie, porque hay noches en las que las manos no parecen suficientes para agradecer lo que acaba de suceder. Pero ni siquiera las grandes citas están libres de imprevistos. Durante la velada, una joven integrante del Orfeo Catalá sufre un desfallecimiento que despierta la preocupación de quienes la rodean, pero que no impidió que el concierto continuara. En el intermedio, Dudamel vuelve a salir para interesarse por ella y comprobar cómo se encuentra. Gustavo Dudamel junto a la NY Phil Chris Lee ¡La nueva era! La llegada de Gustavo Dudamel a la Filarmónica de Nueva York inaugura una nueva etapa para una de las instituciones musicales más emblemáticas de Estados Unidos. Y basta con asomarse a uno de sus ensayos para percibir que algo se mueve dentro de la orquesta. Tras 17 años al frente de la Filarmónica de Los Ángeles, el director venezolano ha aterrizado en Nueva York con una energía que parece contagiar a los músicos, entre miradas de admiración, curiosidad y una expectación que también se percibe fuera del escenario. Dudamel no se limita a levantar la batuta: se mueve por la sala, escucha, comprueba cómo llega el sonido hasta las últimas butacas y convierte el ensayo en un diálogo constante con la orquesta. Es pronto para saber hasta dónde llegará esta nueva etapa, pero en estos primeros días se respira la sensación de estar ante algo que acaba de empezar. «Están tan contentos... lo puede ver en las caras, al final de los conciertos, lo puede ver en la reacción del público. Para los músicos es una nueva era, ellos están trabajando con el maestro más importante que tenemos y es un momento de elaborar nuevas vías musicales», confiesa Matías Tarnopolsky, CEO y presidente de la Filarmónica de Nueva York. Pero el cambio no se limita a la batuta. Dudamel quiere ensanchar los límites de lo que puede ser una orquesta en el siglo XXI, acercando la música clásica a otros géneros y a públicos que quizá nunca se han planteado entrar en una sala de conciertos. Su apuesta pasa por romper las fronteras habituales del repertorio sinfónico, incorporar nuevas voces y recuperar esa vocación divulgadora que convirtió a Leonard Bernstein, uno de sus grandes referentes, en mucho más que un director de orquesta. El desafío ahora es trasladar esa energía a la vida cotidiana de la Filarmónica de Nueva York, más allá de la expectación que acompaña a su llegada. Porque renovar una institución de este calibre no consiste solo en despertar entusiasmo durante los primeros conciertos, sino en conseguir que esa ilusión se mantenga y arraigue en la ciudad. «La orquesta debe representar lo mejor en la sociedad, son 110 diferentes voces trabajando en conjunto con una misma meta. La música nos enseña tantas cosas... La colaboración, el contraste entre escuchar y entender y escuchar es una fuerza muy democratizante, a veces no me sale bien, muy democratizante la música», añade.Pero no todo va a ser música, y menos en una gira por España. El ritmo no se detiene ni cuando se apagan los focos, y la mañana siguiente deja un respiro para que los músicos se conviertan en turistas por unas horas. Algunos aprovechan para acercarse al Palacio Real, otros se dejan caer por el Reina Sofía y, tratándose de Madrid, tampoco faltan quienes hacen una parada en el Bernabéu. Porque la Filarmónica de Nueva York viaja con sus instrumentos a cuestas, pero también con las ganas de descubrir los lugares por los que pasa. Y mientras unos hacen turismo, a nuestro querido fagotista Julien le cambia el día (y quizá algo más) en cuestión de minutos. A las doce recibe la noticia de que, tras la baja de un compañero, tendrá que hacerse cargo del solo de fagot de la Quinta de Mahler. Esas oportunidades con las que un músico sueña durante años y que nunca sabe cuándo van a llamar a su puerta. Puede ocurrir en una jornada cualquiera en el Lincoln Center, en Nueva York, o puede tocarte en plena gira española, entre tapas, periódicos y unas pocas horas para preparar uno de esos pasajes que no admiten medias tintas. Porque en una orquesta de este nivel, la oportunidad puede aparecer en cualquier momento. Y, cuando lo hace, más vale tener el instrumento a punto y los nervios bajo control. «Oh, me avisaron al mediodía. Estaba realmente atacado», confesaría después.Más imágenes de la Filarmónica de Nueva York en España C.M.P.La Quinta de Mahler vuelve a sonar como debe, y el concierto es un éxito. El público responde con entusiasmo, los aplausos se alargan y la Filarmónica de Nueva York vuelve a demostrar por qué es una de las grandes orquestas del mundo. Pero mientras los espectadores abandonan la sala con la música todavía en la cabeza, al otro lado del escenario el concierto sigue. Y tanto que sigue. Desmontar una orquesta de estas dimensiones es una operación que impresiona por su magnitud. Hay instrumentos que viajan en cajas especiales, partituras, equipajes y un sinfín de materiales que deben quedar perfectamente recogidos y protegidos. Lo que durante horas ha ido ocupando el backstage en apenas quince minutos el espacio queda prácticamente despejado. La vida de una orquesta tiene algo de extraña y también de heroica. Hay que ser capaz de levantar una sinfonía, de hacer que decenas de músicos respiren al mismo tiempo y de ofrecer una interpretación impecable después de horas de viaje. Y pesa la soledad, esa que se instala entre una ciudad y la siguiente, entre la habitación de un hotel y un escenario, y que puede acabar pesando tanto como el instrumento que uno carga a cuestas. Puede que por eso tantos músicos aprovechan las giras para llevarse consigo a sus familias, el mismo Dudamel lleva a la suya, a su mujer, María Valverde, su hijo y sus padres, que le esperaban en Madrid. En el fondo, una gira no es solo una sucesión de conciertos, ni una colección de grandes nombres que aparecen sobre un escenario y desaparecen entre aplausos. Es una ciudad entera que viaja con sus horarios, sus rutinas, sus imprevistos y sus pequeñas historias; una maquinaria humana que debe funcionar incluso cuando el tren se retrasa, el cansancio aprieta o un músico recibe, a pocas horas de salir a escena, la oportunidad que llevaba años esperando. Durante estos tres días hemos sido testigos de que la música es apenas la parte más visible de todo lo que sucede. Es una ciudad con sus propias reglas que, cuando termina un concierto, no se va a casa: recoge sus cosas, se sube al autobús y sigue tocando.