La madrileña Saioa Hernández bien puede decir que ese manido refrán de «nadie es profeta en su tierra» no va con ella. Desde que pisó por primera vez el Teatro de la Zarzuela, en 2012, en la ópera de Manuel Penella 'El gato montés', la soprano se ha convertido en una de las cantantes favoritas de sus paisanos. En el Teatro Real ha cantado 'Un ballo in maschera' (2020), 'Nabucco' (2022), 'Turandot' (2023), 'Médée' (2023) y 'Madama Butterfly' (2024). Estas pasadas semanas ha sido una de las intérpretes de Leonora en la producción de 'Il trovatore' con que ha cerrado la temporada el coliseo madrileño, mientras sonríe al pensar en el horizonte de su debut en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en noviembre, con uno de los grandes papeles del repertorio: el de la protagonista de 'Tosca', de Giacomo Puccini.A la Leonora de 'Il trovatore' la conoce la soprano -bendecida por Montserrat Caballé, que la bautizó como «la diva del siglo XXI- desde hace una década. »La debuté -dice, con esa expresión tan propia del mundo de la ópera- en 2016 en el Teatro San Carlo de Nápoles«. Volver una y otra vez a los mismos personajes y mirarlos desde el punto de vista, a veces opuesto, del director de escena, ¿no vuelve un poco loco al cantante? »Actoralmente yo no preparo los personajes. Obviamente, una conoce a Leonora, en este caso; lo que vive, lo que sufre, lo que piensa, cómo reacciona, pero muchas veces la producción te marca unas pautas distintas, lo que no me parece mal... Nos da mucho juego a la hora de actuar y nos permite vivir cada personaje de mil maneras diferentes, lo cual es muy enriquecedor. Lo importante es que el público entienda la idea que queremos transmitir, y si no lo hace eso es que algo no funciona. No es el caso de 'Il trovatore', pero a veces te encuentras en producciones en la que los directores de escena no saben dirigir a los actores, y pretenden que seamos quienes les resolvamos la papeleta. Y como he dicho, nosotros tenemos una idea de nuestro personaje, pero venimos a hacer un trabajo en equipo, a unirnos todos en una misma puesta en escena, y si no hay una buena dirección cada uno acaba haciendo lo que puede y lo que cree, pero el público nota que aquello no funciona«.-Afortunadamente, los cantantes tienen la partitura; Verdi o Puccini son los verdaderos directores de escena de sus óperas.-Sí, claro, pero aun así te encuentras con casos en los que no, en los que va todo a la contra o al menos radicalmente diferente; pero a mí me gusta hacer también estas puestas en escena.-¿Y ha tenido que hacer en escena cosas que no entendía o sin saber por qué las hacía?-No, porque yo siempre pregunto; soy muy pesada en ese sentido y me vuelco al mil por cien en la puesta en escena incluso si no la comparto o son difíciles de entender. Pero me tienen que explicar muy bien qué es lo que estoy haciendo y por qué- Soy muy preguntona y lo pregunto todo hasta que tengo una motivación. Y cuando la tengo, voy a mil. Si me encontrara con algo que realmente no quiero hacer, no lo haría. Me iría y punto, pero no se ha dado el caso; he estado a punto un par de veces, pero finalmente no me he ido. He de decir que detrás de estos montajes me he encontrado con personas maravillosas personalmente, y entiendo que ellos también intentan hacer algo diferente, que tienen sus ideas y que si el teatro les ha contratado será por algo. Ellos están trabajando como estás trabajando tú también y si nos han puesto juntos es porque creen que la fórmula puede funcionar.-Ha hablado de la ópera como trabajo en equipo, algo que no casa con esa antigua idea del cantante que llegaba a un teatro, actuaba y se marchaba.-Todavía hay ejemplos de eso... Y todos, en algún momento, y por alguna circunstancia determinada, una sustitución, hemos llegado, hemos cantado y nos hemos ido. Pero los grandes artistas, los que lo son de verdad, se implican al cien por cien. Y si llegan con los ensayos ya hechos, actúan e intentan saber qué es lo que está haciendo el resto, intentan meterse dentro de ese trabajo hecho previamente. Ser un gran artista implica también ser parte del trabajo en equipo y de que no estás solo en escena. Es como la humildad... los grandes artistas son los que tienen un fondo más humilde. Yo he visto a Anna Netrebko, a Roberto Alagna, llegar en el último momento a una función que habíamos ensayado durante semanas e implicarse al cien por cien, cantando y participando. Es verdad que ahora se nos pide esa implicación como actores, se nos pide hacer muchas más cosas que antes y que ya no sirve ponerse delante de la orquesta y cantar. Por contra, a veces se lleva al otro extremo también y te exigen hacer cosas medio imposibles físicamente y a veces sin sentido.«La idea de que un divo es alguien que llega y dice: »Esto se hace como yo digo« es falsa. Esa es una persona prepotente, una persona que no trabaja en equipo o un déspota»-¿Han desaparecido los divos del mundo de la ópera?-La idea de que un divo es alguien que llega y dice: «Esto se hace como yo digo» es falsa. Esa es una persona prepotente, una persona que no trabaja en equipo o un déspota. Para mí eso no es un divo; una diva era Montserrat Caballé, que se lanzaba a hacer lo que se le pedía al cien por cien, incluso con el hándicap de su físico. O Plácido Domingo. O Anna Netrebko. Personas que se lanzan a hacer todo lo que puedan desde la humildad. Para mí eso es un divo, gente que además no trata mal al resto de personas que están trabajando en el teatro; el que llega y dice a los demás: «A mí no me toques» -que también los hay- no es un divo, sino un antidivo.-¿Y a usted le molesta que le llamen 'diva'?-Si es con el sentido que he explicado, en absoluto. Todo lo contrario. Hay que reivindicar el término divo bien entendido... Cuando decimos nosotros mismos: «Este va de divo» estamos equivocados. Un divo es una persona trabajadora, humilde, generosa. Que pide las cosas en el momento justo y en el modo justo, no de una forma déspota ni con prepotencia y creyéndose que está por encima de la gente. Hay que reivindicar el respeto por el trabajo del cantante, y eso es también ser un divo también; pero desde la humildad, no desde la prepotencia. Si tú tratas de imponer tu voluntad, si tratas mal a la gente de sastrería, a los técnicos... Pierdes la razón y el poder de reivindicar ese respeto por el cantante lírico... Que por otra parte se ha perdido bastante. Somos el último mono en el que se piensa y a veces nos cansan sin motivo, o no tienen en cuenta lo difícil que es lo que hacemos. El Teatro Real no es de esos teatros, al contrario, y por eso me gusta tanto venir-Es verdad que el canto es un trabajo físico de cuya exigencia no nos damos cuenta los que no estamos dentro.-Poder dedicarse al arte es un privilegio extraordinario, pero muchos no se dan cuenta del esfuerzo físico que supone cantar, por bien preparado que estés y por mucha técnica que tengas. Hay que sumarle la responsabilidad que implica hacer un personaje protagonista con respecto a tu propia carrera o al momento en el que estés, bien porque estás empezando e intentando hacerse un nombre, o bien por por lo que la gente espera de ti. Mantener un nivel es una responsabilidad que, aunque no estés pensando en ella todo el día, se siente en cada ensayo. A veces más, a veces menos, pero el peso está ahí y crea un estrés que es lo peor para la voz junto a no dormir. Lo peor es el cansancio mental, las emociones.-Pero ustedes trabajan con las emociones...-Y por eso un cantante tiene que conocerse muy muy bien. Hay muchas pequeñas circunstancias que afectan al cantante, desde una bota que te aprieta a un vestido que se abre demasiado. Son cosas que no dependen de ti, sino del trabajo de otros. Y volvemos a lo de antes; hay que hablar, decir lo que se necesita. Somos todos profesionales, cada uno en nuestro campo, y hay que aprender a confiar en el trabajo de los demás. Pero son pequeñas cosas que se pueden sumar a ese estrés y esa responsabilidad de la que hablaba. Es verdad que a veces nosotros mismos nos añadimos más peso del que en realidad hay, porque no hay mayor crítico de nuestro trabajo que nosotros mismos. Cuando termino una función o un ensayo, yo sé perfectamente si he cantado mejor, si he cantado peor, si esto lo he hecho así o asá... Nadie lo sabe mejor que yo, porque yo me conozco, sé dónde puedo llegar y cuáles son mis límites. Lo importante es dar en cada momento el cien por cien. Hay días en los que, por lo que sea, estoy al sesenta por ciento de mi capacidad, pues tengo que llegar al cien por cien de ese sesenta.«No hay mayor crítico de nuestro trabajo que nosotros mismos. Cuando termino una función o un ensayo, yo sé perfectamente si he cantado mejor, si he cantado peor, si esto lo he hecho así o asá... Nadie lo sabe mejor que yo, porque yo me conozco, sé dónde puedo llegar y cuáles son mis límites»-También habrá quién se autoengañe...-También, por supuesto. Pero cuando no lo hay, nadie sabe mejor que tú si lo has hecho bien o mal. Es necesario no autoengañarse para seguir creciendo y para seguir exigiéndote un poco más... Desde la moderación y el conocimiento; no podemos ponernos una losa en los hombros ni machacarse. Hay momentos imprevistos, pero otros en los que sabes realmente que que no estás bien; pero uno sabe más o menos si va a poder sortear las dificultades y, en cualquier caso, una vez que sales a escena tienes que ir al cien por cien.-Pero para eso hay que conocer bien tu propia voz y tu propio cuerpo.-Y tener técnica y confiar en ella. Es verdad que cuando sales al escenario aparece la adrenalina, y tienes un plus, tienes la sensación de tener un veinte por ciento más de energía. Yo lo siento así; cuando entro en el escenario dejo de ser Saioa y me convierto en Leonora, por ejemplo, y siento ese veinte por ciento más de energía. No sé, pasa algo que tiene difícil explicación, pero sucede-. Recuerdo un concierto con Plácido Domingo en el que no se encontraba del todo bien y caminaba algo encorvadito. Se puso su frac, empezó la música y se transformó. Fue increíble, ahí vi a un grande. Para el artista de verdad, el escenario te da algo más; te transforma, te convierte en otra persona casi de forma automática.-¿Y hay artistas 'funcionarios'?-Los hay... Como en todas las profesiones. De todos modos, el hecho de haber profesionalizado el arte es algo que le ha restado valor, y de ahí viene también un poco el hecho de que que los artistas sean menos valorados y respetados. El hecho de que cualquiera que termina la carrera de canto, por ejemplo, ya sea considerado cantante profesional y pueda dar clase a otros cantantes o a otros estudiantes sin haber pisado un escenario en su vida porque ha terminado su carrera... La carrera puede servir para coger una plaza en un coro -que tiene el mismo valor y me parece súper importante-. Pero no es lo mismo que enfrentarse a una carrera como solista. De todos modos, las cosas son muy distintas en países como Alemania o Francia, donde a esa gente que termina la carrera se les tiene que dar trabajo; en España o Italia eso no existe. El arte es otra cosa, y no creo que la sobreproducción sea buena, parece que se hace ópera en masa como en una fábrica de salchichas; en Alemania ocurre a menudo eso: tú vas fichas, sales y si no cantas tú, canta otro. Eso está bien, pero siempre y cuando no se pierda el respeto y se le dé valor al arte y a la calidad de lo que se está haciendo, porque no es lo mismo al final que cante uno a que cante otro.«El arte es otra cosa, y no creo que la sobreproducción sea buena, parece que se hace ópera en masa como en una fábrica de salchichas; en Alemania ocurre a menudo eso: tú vas fichas, sales y si no cantas tú, canta otro»-Se pierdes ese punto de magia que tiene el arte...-Es un equilibrio que es difícil de conseguir y claro, no quiero tampoco criticar uno u otro sistema, porque los dos tienen cosas buenas y cosas malas. Hay veces que pienso que me gustaría irme a Alemania porque no sentiría la presión, tal vez, que siento cantando en España o en Italia, precisamente por eso, porque en Alemania están acostumbrados a llenar los teatros cante quien cante.-¿Y cómo se prepara usted para la presión?-El conocimiento, la experiencia... Es cierto que cuando consigues hacerte un nombre obviamente parte de esa presión desaparece, pero entonces aparece otra, que es la responsabilidad. Al principio sientes que has de estar siempre demostrando lo que vales, y cuando dejas de sentirlo sientes que has de estar a la altura de lo que se espera de ti, porque has de responder a un público que te sigue, que viaja por el mundo para verte. Por supuesto que uno no puede flagelarse y pretender estar siempre al cien por cien y que ese público fiel te quiere, te conoce -a veces saben más de tí que tú mismo- y si un día no estás a la altura te perdonan.-¿El público de la ópera es morboso, busca los fallos?-Una de las mejores cosas de la ópera es que es un arte efímero, que pasa en un segundo y no se puede repetir de la misma manera. Y eso tiene su morbo, pero también te da adrenalina, emoción. Es parte del entretenimiento entre comillas que es la ópera; el arte no es entretenimiento, pero tiene una parte también de entretenimiento.-Terminamos. En noviembre debuta en el Metropolitan;: ¿es el último 'teatro grande' que le faltaba? Ha cantado en la Scala de Milán, en el Covent Garden de Londres, en las Óperas de París, de Viena...-Sí, hubo un par de propuestas, pero estaba ya comprometida. Yo estaba esperando el momento justo para debutar, lo quería hacer con uno de mis roles: Tosca, Gioconda, Lady Macbeth... algo así, y no ir a hacer una sustitución. Quería, en mi primera vez allí, vivir la experiencia completa, que fuera un debut especial para mí. Y se ha dado la ocasión de que sea esta temporada con Tosca y con una producción de David McVicar preciosa, que ya he hecho en París, y con Oksana Lyniv a la batuta.