Fue todo muy rápido y un poco triste. Eufórico a ratos. Estaba mi generación, la de mis padres y la de mi abuela. Había un par de niños con chupete que no sabían de qué iba la cosa, aunque eran conscientes de que algo pasaba. Hubo lágrimas, abrazos, besos, amigos y las canciones de siempre. Mara Barros, corista de la banda y sabinera hasta la médula, parecía a punto de quebrarse y en la fila de delante una mujer de negro innundó tres paquetes de Kleenex en menos de dos horas. Hubo llanto, hubo amor, hubo risas, hubo dolor. El cantor empezó con sombrero blanco y visiblemente emocionado. Vestía unos vaqueros cómodos y dedicaba rimas sin parar. A medio concierto se cambió, le brillaban más las costuras y había un guiño, más que en en la ropa en el aire, a Manolete en la plaza de Linares. Cuadrando al toro, diciendo adiós. Aceptado ya el destino. Aguantó sin lagrimear, estoico, auténtico macho ibérico, pero se le veía algo en los ojos… una sonrisa; quizá una mueca. Su obra es nuestra historia, la de la España de la transición y la peseta, la del boom inmobiliario y también la de los memes. Ayer, día del adiós, Joaquín Martínez Sabina, con voz desahuciada y gestos forzados, le cantó su vida al Movistar Arena. Y en las lágrimas de la ciudad estaba mi vida, que es la de todos. Noticia Relacionada Crónica estandar No Las mil y una noches de Dani Martín Arcadio Falcón El cantante madrileño continúa su éxito en el Movistar ArenaArrancaron las primeras sonrisas cómplices «Lágrimas de mármol» y «Mentiras piadosas», cátedra de la canción de autor. Siguió «Calle Melancolía», embellecida por una afrodisíaca flauta. Fue la primera vez que Sabina pidió unos coros y la ciudad respondió con entusiasmo. Después, en gesto clásico y elegante, le enfundaron una guitarra. Nunca fue un gran instrumentista pero la célebre introducción de «19 días y 500 noches» es tan suya como el alquitrán, la noche y las décimas. Ejecutó con apoyo de Borja Montenegro, un guitarrista de quilates, y todo el pabellón se vino abajo. ¿Quién no ha sufrido un portazo? ¿Quién no ha conocido la maldición de un cajón vacío? La vida de todosSiguió con «Quién me ha robado el mes de abril», que fue la que me rompió a mí. Quizá recordé las madrugadas en las que caminaba sin rumbo escuchando ripios en busca de alguna respuesta que sólo llegó con los años. Después, «Más de cien mentiras», que siempre fue de las más optimistas. Mi compañero de butaca se volvió loco y empezó a botar como chihuahua sin correa mientras Sabina cantaba los cien motivos para seguir viviendo. Terapia gratuita. «Tenemos cenizas de revoluciones». Siempre hay esperanza. En «Camas vacías», capitaneada por Mara Barros, el flaco desapareció para hidratarse. El rostro de la cantante fue el espejo de lo que vivimos todos: compungido, tenso y con una pincelada de tristeza. Aún así, y como se esperaba de ella, cantó holgada, con un poderío inusual y un dominio absoluto de la voz, el estadio y el corazón, que pesaba mucho. En sus ojos también había un brillo especial, ese que asoma en pupilas lacrimógenas y es difícil de explicar. Siguió otro compinche de juergas y rock n'roll, Jaime Asúa, que cantó con rigor «Pacto entre caballeros». Sin él, como sin muchos otros, no se entendería la carrera del Flaco. La segunda parte del concierto fue más duraSabina se despedía continuamente y su voz de poeta acusaba el minutaje. Era el final de una gira larga, de casi un año, y se le veía con ganas de marchar. Brillaron «De purísima y oro», donde el cantor de Úbeda parecía Manolete, y «Peces de Ciudad», que es otra de las que tortura al cronista desde tiempos inmemoriales. Llegó «La Magdalena», que retrata el mundo de Torrente Ballester, el del sol y sombra, los moteles, el carajillo y las camas de muelles sin engrasar. Una realidad que jamás viviré pero que, gracias a los literatos, es tan mía como lo fue de mi abuelo. «Pasa el tiempo y todo sigue igual» - pensé para mis adentros.El final fue una oda al poeta y su pluma. En pleno derroche de rimas orgiásticas sonaron «El Bulevar de los sueños rotos', «Y sin embargo», «Contigo» y «Princesa», que cerró. Hubo lágrimas, un adiós sobrio y el encendido de luces. Y después, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, la vida retomó su curso.