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Bad Bunny en la Super Bowl: una suma de clichés televisivos sobre América Latina

Esta ha sido una semana muy buena para Bad Bunny. El 2 de febrero obtuvo el Grammy en la categoría Mejor Álbum del Año por 'Debí tirar más fotos'. Se trata de la primera vez en la historia de los premios en que un álbum en español obtiene esa distinción. Y luego, el 8 de febrero, se presentó en el codiciado espectáculo de medio tiempo en el Super Bowl , uno de los eventos más idiosincráticos y de mayor audiencia en los Estados Unidos. Yo me alegro por Bad Bunny, por supuesto, como me alegraría al saber que a algún amigo le hubieran aprobado la visa. Estados Unidos es un gran país y es un privilegio poder ir y visitarlo. No digamos ya ser premiado y aplaudido por el «mainstream» del entretenimiento. Eso es como ser aceptado en el Country Club. Es tu certificado oficial de millonario. Y que alguien siendo tan joven como Bad Bunny haya logrado asegurar su futuro honradamente, lo considero digno de elogio. Donald Trump no estuvo tan de acuerdo y se apresuró a calificar el espectáculo como «terrible», «uno de los peores» . Dijo no haber entendido una palabra de lo que el cantante dijo y que este no representaba los estándares de creatividad, éxito y excelencia que serían distintivos de su país. Un juicio ridículo, previsible en el presidente Trump, lleno de tópicos sobre la pureza y la grandeza del Reich «americano».Del otro lado, están los hagiógrafos del «Conejito malo», que han desarrollado una capacidad extraordinaria para transformar sus balbuceos y sandungueos, que apenas se elevan sobre el jadeo animal, en pensamientos complejos, de sabiduría inagotable, que luego comparten de manera incansable en las redes sociales para desgracia del resto de los seres humanos. De este modo, su discurso de aceptación del Grammy así como el show del entretiempo del Super Bowl se convierten en actos políticos y contestatarios que denuncian las persecuciones, atropellos y asesinatos cometidos por esas escuadras del terror que son las ICE . Aunque la intención es loable, no deja de ser sintomático que esta «denuncia» se canaliza a través de este latinoamericano oficial, certificado por Hollywood y la progresía cultural norteamericana, que es Bad Bunny. La presentación en el Super Bowl es un buen ejemplo. Fue, al igual que la publicación de Trump, una suma de clichés televisivos sobre América Latina que el cantante puertorriqueño comprimió en los menos de quince minutos que duró su performance. Me recordó, por una parte, a las imágenes de la Cuba batistiana tal y como aparecen en la segunda parte de 'El Padrino': mulatas sensuales contoneándose en la calle, negros de cierta edad jugando dominó, puestos de venta de piña colada, la vida ruidosa y bullanguera del barrio. Por otro lado, había escenas que parecían sacadas de esos segmentos cómicos de Sábado Gigante o de esos programas de «televisión real» de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos que transmitía MTV Latino cuando ya el canal había entrado en su decadencia.Me llamó la atención, en especial, el encuadre que diseñaron para enmarcar la actuación de Bad Bunny, que incluyó la participación de artistas como Lady Gaga y Ricky Martin . Me refiero a ese camino labrado entre lo que parecían altas palmeras, que unos trabajadores de pulcro blanco fingían domesticar a punta de machetes. Ese laberinto rural me recordó a las horrendas zafras de la caña de azúcar en las que tantos cubanos hundieron la cerviz bajo el caporal Fidel Castro. O los campos de maíz del midwest estadounidense, donde suceden algunas de las mejores y más escalofriantes historias de Stephen King. En todo caso, nada o muy poco a la diversidad de los territorios y poblaciones de América Latina. A esto alguien pudiera argumentar que es imposible representarlo todo. Que, además, Benito aprovechó de denunciar la gentrificación y los apagones. Pero ese sería precisamente el problema: ¿por qué tendría, de hecho, que haber habido una representación? ¿A santo de qué esta especie de retablo de exposición universal de los pueblos primigenios y oprimidos del tercer mundo? Y en todo caso, aun insistiendo en la necesidad de esa muestra: ¿por qué siempre lo mismo? ¿Por qué reducir nuestro aporte al mundo a un combinado de frutas tropicales, sabrosura, sufrimiento y la histérica obligación de ser alegres? El patético espectáculo del medio tiempo del Superbowl de este año fue el complemento, o el acicate perfecto, de los prejuicios de Trump. «¿Por qué reducir nuestro aporte al mundo a un combinado de frutas tropicales, sabrosura, sufrimiento y la histérica obligación de ser alegres?»Él y Bad Bunny son la cara y la moneda de un mismo sistema donde el entretenimiento y la política juegan con más frecuencia de la recomendable a intercambiar sus ropas. Solo que en este trueque el verdadero poder, el de Trump, se hace más poderoso. Y Bad Bunny queda reducido a la caricatura de ser una Carmen Miranda con ínfulas.