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Riccardo Muti pide y no siempre obtiene en el Festival de Granada

Festival de Granada (28 de junio) Sinfonía ('Nabucco'), Le quattro stagioni ('vespri'), Suite 2 ('El sombrero de tres picos'), 'Bolero' Música Verdi, Falla, Ravel Director Riccardo Muti Intérpretes Orquesta Giovanile Cherubini Lugar Palacio de Carlos V, GranadaFestival de Granada (27 de junio) 'El canto en su espejo' Música Agostino Steffani Director y contratenor Carlos Mena Intérpretes Capilla Santa María Lugar Hospital Real, GranadaLa presencia del director Riccardo Muti en el Festival de Granada , que actualmente dirige Paolo Pinamonti, es una de las hazañas de la programación en un año en el que la redondez de los aniversarios invita a creer en lo excepcional. A los 75 que cumple el festival se suman los 150 de Manuel de Falla, cuya obra ha sido un motivo recurrente del evento granadino a lo largo de su historia. Añádanse los 85 que Muti cumplirá en julio, y el hecho de que dirija ahora por primera vez en Granada —quizá sea el último de los directores verdaderamente grandes que no habían pisado el escenario del palacio de Carlos V— para que todo quede hilvanado en una especie de fiesta astrológica. Con razón, el interés mediático se ha centrado estos días en el director napolitano, quien ha vuelto a explicar en varias entrevistas el rigor con el que afronta su carrera y la severidad con la que asume su propio ideario artístico. Muti se aparece ante el orbe musical como representante de un mundo que acaba y que él preserva como el druida la inspiración. Así se dice en la estupenda entrevista hecha por Pablo L. Rodríguez, en la que vuelve a recrearse en la excelencia de su labor y lo indiscutible de su propósito artístico, más allá de cualquier consideración fortuita. La modestia no es, desde luego, uno de los rasgos que caracterizan a Riccardo Muti, quien se ha presentado en Granada con una muy dudosa Orquesta Giovanile Luigi Cherubini. Podrá argumentarse que es una agrupación fundada por el propio director en 2004, y que, por tanto, es depositaria de los inalienables principios de un arte único. En cierta medida, es cierto, pues Muti, como sucede con algunos grandes de la dirección, también terminó sintiendo la vocación de lo pedagógico que, en su caso, bajo cierta presencia mesiánica , se materializa en proyectos que trascienden el escenario, a veces incluso multitudinarios, y en los que la música adquiere la dimensión de hecho solidario. La cuestión es, por tanto, protocolaria —argumento también muy presente en el decálogo de Muti—, lo que lleva a pensar que lo que es bueno en un lugar se convierte en innecesario en otro. No es razonable que Muti lleve a Granada una orquesta cuyas carencias técnicas son muy evidentes, lo que obliga a forzar la música hacia extremos expresivos por momentos delirantes y, desde luego, a años luz de su ética musical. Es obvio que el director lo sabe, pues solo era necesario observar el esfuerzo físico que añadió, en el concierto del domingo, a un gesto que se fuerza buscando lo que no se obtiene. Ver al sobrio Riccardo Muti agacharse sobre el podio pidiendo un pianísimo imposible, volverse sobre alguna familia instrumental solicitando una precisión que no se obtiene o remarcando el compás tratando de poner orden cuando todo empieza a disgregarse, es la parte más decorativa —incluso interesante— de un concierto en el que la música se convirtió en un esfuerzo de dudoso rendimiento.Noticia relacionada general No No David Afkham cierra una era de éxito en la Orquesta y Coro Nacionales de España Alberto González LapuenteLa sinfonía de la ópera 'Nabucco' abrió el programa y, con ella llegó lo mejor de la sesión, cuando todavía el desequilibrio y la imprecisión en los ataques hacían presuponer que se estaba en tiempo de calentamiento. El programa era exigente para el medio que debía resolverlo. Primer error. Los muy infrecuentes 'bailables' de la ópera 'I vespri siciliani', que Muti defiende como la gran obra sinfónica de Giuseppe Verdi —a la espera de una mejor opinión—, y así se lo dijo a los espectadores antes de la interpretación, encierran, en su aparente facilidad, curiosas dificultades. Por alguna razón, Muti había aparecido en el escenario con el gesto torcido, nervioso y tenso. Todavía esta música, algo deslavazada y con buenas dosis de compromiso estético, conocida como 'Le quattro stagioni', sufrió las consecuencias del desacuerdo entre el director y la orquesta en muchos y cruciales momentos. En la segunda parte llegó el homenaje español comenzando con la segunda suite de 'El sombrero de tres picos' de Falla. Recordar los problemas de afinación o la precariedad de los solos supone decorar una versión violenta y desencajada, con acentos desaforados y un carácter excesivo, muy especialmente en la danza final. Conformada por músicos jóvenes pero reforzada por algunos otros miembros más veteranos, la Orquesta Cherubini que se ha escuchado en Granada y que, sin duda ha tenido mejores días, acabó el programa con el 'Bolero' de Ravel. Aquí el elogio, y también las miradas, se dirigen hacia el primer contrabajo por su denodado esfuerzo y exagerada gesticulación, tratando de sostener con rigor el ritmo frente a una orquesta entregada a una adrenalínica versión que anticipó sin recato, porque lo dio todo antes de tiempo, el punto culminante de la obra. Es de justicia señalar que el éxito coronó el concierto de Riccardo Muti y sus músicos, despedidos con una aclamación tan cómplice que devolvió la sonrisa al maestro napolitano.Otras actuaciones sinfónicas quedan pendientes en el palacio de Carlos V de Granada. Por aquí pasó el nonagenario y muy limitado Zubin Mehta con las tres últimas sinfonías de Mozart y la Orquesta del Maggio Fiorentino, y aquí se espera a la Orquestra de la Comunitat Valenciana con Gustavo Gimeno, a la Orquesta Nacional de España y a David Afkham , y a la Orquesta del Festival de Budapest con Iván Fischer. Y todo ello se produce al margen de los conciertos que invaden otros espacios granadinos. Entre ellos está, como ejemplo notable, el ofrecido en el Hospital Real por la Capilla Santa María que dirige Carlos Mena . La interpretación de la obra de Agostino Steffani sigue siendo un descubrimiento que, en el ámbito de la ficción, trató de descifrar Donna Leon en su novela 'Las joyas del paraíso' (2012), en la que popularizó la figura de este singular músico del XVII, sumergido en intrigas políticas y religiosas, y ejemplo de síntesis musical entre lo italiano y el norte de Europa. Pivotando entre ambos extremos se sitúan las arias de ópera y sus 'duetti', que en el programa de este concierto se ordenaron sobre una disposición simétrica alrededor de la obertura de su ópera 'Briseide'. Carlos Mena explicó durante la sesión cuestiones muy interesantes sobre los códigos internos de las obras dirigidas a la íntima conexión con el oyente. No se está aquí en el mundo de la parafernalia ni de las palabras huecas, sino en el de la verdad de lo necesario. La soprano Lucía Martín-Cartón y Mena, capaces de cantar bonito y convincente más allá de la estricta materialidad —como ya se ha visto, la materia puede ser el peor escenario cuando el medio se antepone al mensaje— encontraron en el tiorbista Daniel Zapico y el clavecinista Daniel Oyarzábal un apoyo medido, justamente equilibrado y capaz de ennoblecer a cualquier festival.Exposiciones dedicadas a Manuel de FallaY, por supuesto, la vida y obra de Manuel de Falla vuelve a coger fuerza en la edición de este año. Dos exposiciones celebran su aniversario en el imponente Centro Cultural Caja Granada, armadura de cemento ideada por Alberto Campo Baeza, tan impertérrita y desértica ante la solanera del sábado por la tarde. 'Manuel de Falla esencial' tiene todos los atributos de lo agotado, en su reiterativa mirada a los documentos fundamentales que testimonian la vida y la obra de Falla. Yvan Nommick ha recopilado la muestra, pulcramente distribuida bajo las cúpulas iluminadas que el arquitecto José María García de Paredes diseñó en 1962 para una exposición en el Monasterio de San Jerónimo comisariada por Enrique Franco. Pero de esto, nada se dice. 'Manuel de Falla esencial' se conforma con reconstruir el contenedor, olvidando a quienes fueron capaces de crear entonces una imponente escenografía expositiva. Para entenderlo, basta volver sobre algunas de las fotografías en escorzo en las que se ve la batería de vitrinas con el remate sobre la pared final de un estricto crucifijo franqueado a ambos lados por arcos desnudos. El sentido espiritual de la obra de Falla, en el que se inspiró aquel proyecto y que las imágenes preservan, convierte ahora la recreación 'Manuel de Falla esencial', y muy a pesar de su título, en una mera colección ordenada bajo el vacuo efecto de lo que ha terminado por ser algo estrictamente decorativo.Aquel 1962 sumó a la exposición de Franco/García de Paredes la interpretación de 'Atlántida' , la inacabada, y mucho más sólida de lo que habitualmente se proclama, obra de Manuel de Falla. Su presencia es uno de los argumentos de la segunda muestra titulada 'Manuel de Falla. Una mirada actual', hecha bajo el estímulo de la Fundación Archivo Manuel de Falla. En ella se recogen los bocetos para la nueva representación de la cantata, en la granadina plaza de las Pasiegas, que La Fura dels Baus firmó en 1996. En el proyecto estuvieron Àlex Ollé, Jaume Plensa y Carlus Padrissa dando forma a un hito escénico que tuvo interesantes consecuencias en el posterior desarrollo de la escena lírica y teatral española. El compositor Alfredo Aracil —que este año estrena aquí su 'Paradiso (cuaderno III)'— dirigía entonces el Festival de Granada, con ideas inéditas y proyectos novedosos que dejaron una huella evidente en esta exposición, en la que se añaden otras visiones plásticas sobre la obra de Falla firmadas por Frederic Amat, Soledad Sevilla, Eduardo Arroyo, Javier Mariscal, Gustavo Torner y varios más hasta completar la veintena de autores. El recuerdo, la remembranza y la conmemoración son siempre parte sustancial de un festival cuyo calado permanece más allá de la inmediatez.