Hemos encontrado el tesoro escondido de Finlandia y no está en Helsinki, ni en Rovaniemi, ni siquiera bajo las aguas de uno de sus miles de lagos. Nuestro gran hallazgo está en Savonlinna, una pequeña ciudad levantada en el corazón de la región de los Lagos de Saimaa alrededor de una fortaleza medieval que parece haber estado allí antes que todo lo demás. El castillo de Olavinlinna es, literalmente, el centro de la ciudad. Se alza sobre una isla, entre el agua y los bosques, y hacia él parecen conducir todas las calles, todas las miradas y, desde hace más de un siglo, también la música. Su historia y su extraordinario estado de conservación bastarían para convertirlo en un tesoro, pero hay algo más; sus piedras esconden una de las mejores acústicas del mundo. Tanto que, hace más de cien años, aquel castillo que nació para la guerra encontró una segunda vida como escenario de óperas y terminó dando origen a uno de los festivales líricos más singulares del mundo: el Savonlinna Opera Festival. Nació para defenderse y terminó viviendo para el arte.Desde que la soprano Aino Ackté decidió en 1912 que aquel castillo medieval podía convertirse en un escenario de ópera, Olavinlinna ha acogido algunas de las grandes voces y títulos del repertorio, pero también estrenos y compañías llegadas de los principales teatros del mundo, de La Scala al Royal Opera House. La tradición sobrevivió incluso a casi cuatro décadas de silencio y hoy reúne cada verano a unos 70.000 espectadores. Aunque lo más fascinante ocurre antes de que empiece el primer compás. Archivo fotográfico del Festival de Ópera de Savonlinna: «Fidelio», 13 de julio de 1968Cada temporada, el festival se levanta prácticamente desde cero dentro de la fortaleza; los decorados y los equipos llegan por barca a través del lago, porque aquí no hay maquinaria escénica permanente ni un teatro al uso. «Quizá no somos la casa de ópera o el promotor de ópera que ofrece los diseños de escenografía más espectaculares, pero estamos haciendo del propio castillo el escenario para cualquier obra . Y ahí entra en juego la creatividad de los equipos de diseño y creativos, en términos de cómo pueden utilizar el castillo de diferentes maneras para hacer que ese espacio se convierta en una verdadera fuente de la historia de las obras. Cada verano hay títulos diferentes, y estamos intentando ofrecer una variedad de diferentes estilos, compositores, épocas, desde el Barroco hasta lo contemporáneo », confiesa Ville Matvejeff, su director artístico.La ciudad amanece cada día del año tranquila, pero en verano se transforma para acoger a miles de turistas que vienen a escuchar desde 'La Traviata', como hemos hecho nosotros, hasta 'Norma', que, por cierto, interpretó Lisette Oropesa y que podremos disfrutar unos meses más tarde en el Teatro Real. Para llegar hasta el castillo hace falta cruzar un puente que en invierno yace bajo el hielo, pero que ahora, en verano, se llena de espectadores camino de ver 'La Traviata'. El pueblo finlandés es culto, hay algo en él y en la ópera casi innato. No le hace falta un programa de mano para saber qué va a encontrar porque lo ha escuchado desde que tiene uso de razón. Eso le pasa a Ritva, una anciana elegante de pelo blanco y con un collar de perlas sentada dos butacas más atrás. En ocasiones, se escucha su pequeña risa mientras ve a los cantantes brindar y celebrar en 'La Traviata' con su célebre 'Libiamo ne' lieti calici'. Aunque algo en sus ojos parece decirnos que detrás de esa sonrisa hay algo de nostalgia.Por las calles de este pequeño paraíso pasean jóvenes, adultos y ancianos. También niños. Y todos ellos se dirigen al mismo lugar, al castillo. Aquí siempre hay sitio para todos porque se pueden ver todo tipo de óperas durante el verano, desde el repertorio más clásico hasta modernas producciones. El equilibrio no es fácil, pero su director artístico, que más allá de ser gestor de este encuentro es también director de orquesta y músico, sabe encontrar el punto. «La mayoría de los teatros de ópera de Europa están subvencionados por el Estado. Un 60%, un 70%, incluso hasta un 80, un 90%. Para nosotros, es al revés. Obtenemos nuestros ingresos de la taquilla. Así que, a la hora de elegir el repertorio equilibramos la variedad de los títulos, pero también el número esperado de entradas que podemos vender para cada producción. Es un gran número que vender para un lugar tan remoto como este en el que estamos. No tenemos grandes ciudades alrededor. Si trazas un radio de 200 kilómetros desde aquí, puede que solo tengas un par de cientos de miles de personas. Cómo conseguir que la gente venga aquí es una decisión importante».El Savonlinna Opera Festival cuenta con un programa variado, hecho para todo tipo de públicos. «Hay títulos conocidos, pero también hay algunas rarezas de vez en cuando, o una combinación de rarezas, como que estés viendo una ópera con un reparto excepcional, que no hubieras podido experimentar en otro lugar, o una obra más contemporánea que tampoco se haya representado en ningún otro lugar. Tenemos que asegurarnos de que esta tradición continúe durante las generaciones venideras», cuenta su director.Arriba: 'Norma', con Lisette Oropesa, Kristoffer Töyrä y el coro. Derecha: 'Madame Butterfly' con Emilia Rukavina y Otso Markkanen. Izquierda: 'La traviata' con Ania Jeruc & Tobias WestmanEl arte siempre ha sido, y será, una de las formas más poderosas de custodiar una identidad y reafirmarla sin necesidad de gritos ni pancartas. No es casual que este festival naciera en 1912, cuando Finlandia buscaba reconocerse a sí misma y avanzaba hacia su independencia. Más de un siglo después, cuando Europa vuelve a vivir bajo la sombra de una guerra, la música sigue levantándose aquí como una forma de resistencia, como una luz para quienes pueden sentir que el mundo vuelve a oscurecerse. También se levanta este festival como honra de la memoria de aquello que hemos amado y que se niega a desaparecer cuando ya no está. Ahora lo entendemos mirando a Ritva. La hemos visto reír, apenas unas butacas más atrás, durante el brindis de 'La Traviata', y ahora la vemos llorar cuando Violetta, enferma y todavía enamorada de Alfredo, vuelve a encontrarse con él sabiendo que el tiempo se les acaba. Esta anciana, desde su butaca, llora por ella, pero también por Juhani, su marido, que murió hace unos meses y con quien venía cada verano a este mismo castillo desde que se casaron hace 56 años. Este año ha regresado sola, o no exactamente; por primera vez, él la acompaña de otra manera. Cuando Alfredo y Violetta cantan ese 'Parigi, o cara, noi lasceremo', imaginando una vida que ya no podrán tener, Ritva llora. Y es en ese instante cuando entendemos que la ópera no habla solamente de quienes están sobre el escenario, habla también de quienes se sientan frente a él y reconocen su vida. Es este el verdadero tesoro. Nuestro hallazgo no estaba únicamente en las piedras de Olavinlinna, sino en todo lo que esas piedras han aprendido a guardar. Es la identidad de un país, las historias de quienes lo habitaron y, también, el recuerdo de quienes seguimos amando aunque ya no puedan sentarse a nuestro lado. Por eso la ópera sigue teniendo sentido. Por eso sigue viva, porque hay algunas historias que acaban, pero mientras alguien las escuche, nunca terminan del todo.