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Pepe Begines: «A Camarón le encantaba venir a los conciertos de No me pises que llevo chanclas»

Al descolgar el teléfono y preguntarle cómo está, Pepe Begines (Los Palacios y Villafranca, 1967) responde: «Estoy pa' echarme arroz y esperar 20 minutos». Por si el mortal que hay al otro lado no lo ha entendido, se explica entre risas: «¡Estoy en la gloria! Me he venido a Cádiz, donde tengo un apartamento muy pequeño como base de operaciones, para descansar los dos días libres que tengo entre un concierto y otro. Estoy en una playa cerquita del istmo que es medio salvaje. Llevo aquí un par de días y me parece un mes. Este es mi rincón». Un «rincón» a tan solo 50 minutos por la autopista de Los Palacios y Villafranca , «el pueblo del que tan buenos futbolistas han salido», apunta en referencia a Jesús Navas y a dos ganadores del último Mundial: Fabián Ruiz y Gavi. Allí nació Begines, aunque en vez de darle a la pelota, a él le dio por los versos y la música cuando fundó hace cuarenta años No me pises que llevo chanclas, aquella banda surrealista y jaranera con éxitos como '¿Y tú de quién eres?', 'Bolillón' y 'El canario'. «Como hacíamos las cosas con mucho humor, no nos tomaban en serio, pero conseguimos dos o tres discos de platino con nuestro debut en 1989», reivindica el cantante y compositor sevillano. En este tiempo no solo ha actuado con su banda en todos los pueblos de España –«vamos a los más remotos y recónditos y estamos encantados, sobre todo, cuando alguien aparece en el camerino y dice: 'Esta tortilla la ha hecho mi madre para vosotros'. Eso no lo cambio por ningún premio», asegura–, sino que ha girado también por países como Francia, Marruecos, Cuba o Japón.Este verano vuelve a recorrer la España rural con No me pises que llevo chanclas: Macarena (Granada, hoy), Noalejo (Jaén, mañana), El Morche (Málaga, 16 de agosto), Antequera (Málaga, 20), Villalba de Alcor (Huelva, 21), Otura (Granada, 22) y Sanlúcar de Barrameda (Cádiz, 28). El día 15, además, actuará en Huétor Vega (Granada) con Los Toreros con Chanclas, el nuevo proyecto formado por su banda primigenia y Los Toreros Muertos de Pablo Carbonell. —¿Cuándo sintió que No me pises que llevo chanclas había alcanzado el éxito?—De golpe, como un Ferrari que pasa de cero a cien en tres segundos. En el verano de 1987 tenía una banda con mi hermano, mientras que Salvador, el bajista, y Pepe, el batería, tenían otra. Ofrecieron un concierto en Utrera cuando ambas bandas se habían disuelto, así que dijimos: «Pues nos juntamos e improvisamos». Al llegar había cincuenta personas y, sin darnos cuenta, antes de acabar, había mil quinientas riendo, bailando y aplaudiendo. Una semana después nos contrataron para dos bolos más y ya no paramos. —¿Y el primer disco?—Como en las películas. Un productor apareció en uno de aquellos primeros conciertos y, al terminar, nos propuso grabarlo. Aceptamos, claro, pero tuvimos que hacerlo en la franja más barata del estudio: de jueves a domingo, de 12 de la noche a 6 de la mañana. El éxito fue una locura. El primer año dimos 128 conciertos y el segundo y tercero cien cada uno. Luego fuimos casi a un álbum por año y llegaron los discos de oro. Era otra época, cuando la gente iba a las tiendas de discos y se gastaba 1.500 pesetas.—Esa costumbre murió con las plataformas.—Cierto. Hace poco estuve con mi amigo Raimundo Amador y me contó que había quitado la televisión de su casa y había puesto un tocadiscos enorme con dos bafles antiguos a los lados. En vez de encender la tele, por la noche escuchaba discos tranquilamente. Me pareció maravilloso, porque la caja tonta nos tiene absorbidos. Me encanta ese ritual de limpiar el vinilo y poner la aguja. Es como abrir el telón de una obra de teatro.—Antes, al dejarte el dinero en un disco, te obligabas a escucharlo varias veces, y uno que te desagradaba al principio podía convertirse en tu favorito.—Totalmente. Me pasó con David Bowie y Frank Zappa. Hay una frase de Josep Pla que siempre me pareció acertada: «Observar es más difícil que pensar». Con los discos ocurre lo mismo. Hay que darles una oportunidad, escucharlos con atención, porque detrás de cada uno hay mucho trabajo, una vocación, mucho tiempo invertido. —A diferencia de otras bandas, que suelen renegar de las etiquetas, vosotros llevasteis siempre con orgullo eso del «agropop».—Sí, porque lo inventamos nosotros y reivindicamos lo rural. Yo le canto a mi entorno, a los olivos, los girasoles, el campo, los animales… Todo eso lleno de sátira y surrealismo, que también hay en el campo, aderezado con pop y rock, pero también con toques de flamenco. Esa mezcla es el agropop.—En el último disco, 'Guau' (autoeditado, 2025), hay una canción que se llama precisamente 'Me gusta el flamenco, pero no lo sé cantar'. ¿Le habría encantado dedicarse a él?—Bueno, hago lo que puedo. Canto por bulerías, tangos, alegrías y algún que otro palo, porque aquí lo llevamos en la sangre. No sé cantar por derecho, pero compongo y hasta tengo escrita una ópera flamenca que está pendiente de ver la luz en el cine y el teatro. Se llama 'Jesucristo Flamenco'.—¿Qué cuenta?—La escribí con el poeta gaditano Juan José Téllez. Es una visión de la Pasión de Cristo muy terrenal, reflejada desde un punto de vista muy humano. No hemos querido abordar lo divino ni esos aspectos alejados de la realidad, sino presentar a un Jesucristo adaptado un poco a nuestra época. Creo que hoy hace bastante más falta que hace dos mil años. —No rozará la herejía…—¡No, qué va! No tiene nada de irreverente, al contrario, respeta mucho la historia. Al fin y al cabo, para los creyentes forma parte de su fe y para los ateos, de su cultura y mitología. Para un creyente puede ser perfectamente una obra que, incluso, refuerce su fe. Yo soy un poco agnóstico, aunque en el fondo creo que también soy un cristiano común. Lo importante es que la Pasión de Cristo nunca había sido reflejada así. La financiación ha sido difícil, precisamente porque mucha gente cree que va a molestar, pero es todo lo contrario. Aquí lo que se engrandece es el flamenco. —Un 'agropopero' pendiente siempre del flamenco.—Uy, te podría decir, incluso, que el último disco de Camarón, 'Potro de rabia y miel' (Universal), salió adelante un poco gracias a Los Chanclas. En 1992 estábamos grabando nuestro cuarto disco en los estudios Cinearte de Madrid, que ya no existen. Las jornadas eran interminables y yo dormía todos los días debajo de un piano Steinway & Sons porque debajo se estaba muy fresquito. Un día llegó alguien y empezó a tirarme de las piernas. Yo le decía: «¡Tío, déjame!». Y él respondía: «¡Que soy Paco!». Pensé que era nuestro guitarrista, que era muy travieso, y estuve a punto de darle una patada, pero levanté la vista y era Paco de Lucía. —¿En serio? ¿Y qué pasó?—Si llego a partirle la mano, habría salido en 'The Washington Post' y 'The New York Times'. Paco venía a pedirme el estudio un par de días porque Camarón estaba ya muy enfermo y necesitaba terminar el disco. Le dije: «Por supuesto, no hay más que hablar». Además, yo conocía a Camarón, porque le encantaba venir a nuestros conciertos. Siempre lo admiré muchísimo, así que le dejamos el estudio y pudo terminar 'Potro de rabia y miel'. Antonio Carmona, de Ketama, fue chófer de Camarón durante un tiempo y me contó que muchas veces, al terminar una actuación, le decía: «Vamos a ver a Los Chanclas, que tocan aquí al lado». —¿Alguna vez lo vio cantar?—¡Sí, claro! Recuerdo un concierto en el Festival de La Mistela, en Los Palacios, a principios de los años ochenta. José llegó muy tarde porque solía actuar en varios festivales el mismo día. Cantó apenas veinticinco minutos, pero nos dejó impresionados. Empezó a romperse por dentro, con esa voz que subía y se quebraba... Todavía se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Camarón lo ponía todo. —¿Qué otros cantaores le gustan?—Soy muy de El Torta y muy caracolero. Escucho a Manolo Caracol y me vengo abajo. También tiro hacia el otro lado del flamenco, porque a mi padre, que falleció en febrero, le encantaba Pepe Marchena. También me gustan Chocolate, Pansequito, el Niño de Fregenal y Pepe Pinto. Ahora mismo, Jesús Méndez me parece uno de los cantaores más potentes. El flamenco es un mundo inabarcable, la verdad. —¿En qué se diferencia el agropop del rock?—El rock siempre le ha cantado al cuero, al asfalto y al neón, mientras que nosotros al campo y las raíces. El flamenco siempre ha sido muy rural, por eso siempre flotó en nuestro ambiente. Y luego están las letras, muy aderezadas con humor. Procuro buscar arte en ese humor, no hacer la gracia fácil y vulgar, sino todo lo contrario. Además, hoy en día, reírse cuesta más que nunca y poder hacerlo a través de la música me parece mágico. Antes solía decirse que los músicos éramos los médicos del alma. —En una entrevista antigua señaló usted que lo que hacían era «musicoterapia».—Así es. De hecho, colaboro con sesiones de musicoterapia en el Hospital Universitario Virgen del Rocío, en Sevilla, y creo que la salud de los pacientes mejora sustancialmente. —Lo de ponerse intenso lo hemos visto mil veces. Dylan, Leonard Cohen, Radiohead o Héroes del Silencio y Vetusta Morla, por poner ejemplos varios. ¿Es más difícil hacer humor en la música?—Fácil no es, lo que pasa es que Los Chanclas nacimos muy silvestres. Yo siempre he improvisado, pero con conocimiento de causa. Empiezo una historia y desarrollo un personaje. 'Bolillón', por ejemplo, podría haber salido perfectamente de una obra de los hermanos Álvarez Quintero. En 'Las calles de Chicago', nuestro primer sencillo, me fijé mucho en Silvio Fernández Melgarejo, que fue mi maestro desde que lo escuché con 14 años, porque mezclaba el rock con muchísima cultura. Me cuesta mucho escribir eso de «te quiero, pero me dejaste». —¿Cuáles son sus referentes en el humor?—En mi cabeza pueden estar Tony Leblanc y Paco Gandía. Me gusta mucho Luis Sánchez Polack 'Tip', José Luis Cuerda y también Martes y Trece. Son personas que utilizaban el surrealismo y el absurdo de una forma magistral. Yo mezclo esos ingredientes en mi cabeza, pero también busco la cultura. Silvio, por ejemplo, hablaba de Rómulo Macció en una canción y, como mi padre era muy aficionado a la pintura, yo sabía quién era. Eso me parecía interesante: hacer canciones con referencias culturales sin que dejen de ser populares.—Y en medio de tanto humor, ¿cuál ha sido el peor momento del grupo?—En 2002. Llevábamos quince años muy intensos, con muchos conciertos y la sensación de que había que sacar otro disco porque tocaba. Estábamos agotados, nos quedamos vacíos y el ambiente se avinagró, así que nos separamos. Fue triste y con cierta acritud. En 2009, nuestra primera compañía discográfica, Mano Negra, nos propuso volver. Dijimos: «Venga, vamos a intentarlo». Empezamos poco a poco, sin prisas. El primer disco de esa nueva etapa fue 'Superhéroe agropó'. Arrancamos como una locomotora de vapor, poquito a poco, hasta que cogimos de nuevo velocidad de crucero.