Seguimos inmersos en nuestra aventura a bordo de la Filarmónica de Nueva York en su desembarco español con Ibermúsica. Entre retrasos de Renfe, trenes de varias horas y un trayecto de Barcelona a Madrid que se hace más largo de lo previsto, hay tiempo para descubrir a algunos de los protagonistas de esta legendaria orquesta. En uno de los vagones, con los cascos puestos y ajeno al traqueteo del viaje, está Julian Gonzalez , fagotista y uno de los miembros más jóvenes de la formación. Tiene 25 años y se incorporó a la Filarmónica en 2023, cuando apenas tenía 22. «Esta es mi primera gira de verdad. Hemos hecho viajes a Asia. La primera vez fuimos a un par de ciudades de China y, en el siguiente viaje, visitamos algunas ciudades chinas, pero también Corea. Me lo estoy pasando muy bien. Tenía muchísimas ganas de venir aquí. Todos mis abuelos vinieron de Cuba a Estados Unidos, pero, antes de eso, por lo que tengo entendido, nuestra familia estaba en España. Y nunca había estado en el país, así que me hacía muchísima ilusión venir», contaba emocionado.Lo que todavía no sabemos —y ahí reside uno de los pequeños privilegios de acompañar a una orquesta de esta categoría— es que, en apenas unas horas, el viaje de Julian dará un giro inesperado. Una baja de última hora obligará a reorganizar los planes y será él quien tenga que asumir el solo de fagot de la Quinta de Mahler, que interpretará en el Auditorio Nacional de Madrid. Mientras tanto, en el tren, los cascos siguen puestos y el viaje continúa su curso. Hay algo fascinante en esa distancia entre la aparente normalidad de un trayecto ferroviario y lo que puede llegar a suceder unas horas después: un músico de 25 años, sentado en su asiento como cualquier otro pasajero, sin saber todavía que está a punto de enfrentarse a uno de esos momentos que dan sentido a una vida dedicada a la música. Una gira de estas dimensiones también tiene mucho de resistencia. La imagen de una gran orquesta viajando de una ciudad a otra puede tener algo de romántico, pero la realidad incluye trenes que acumulan tres horas de retraso, comidas que se convierten en una carrera contrarreloj y pruebas acústicas a las que hay que llegar casi sin haber deshecho el equipaje. Hoy, por ejemplo, los músicos apenas tendrán tiempo para comer antes de dirigirse al Auditorio Nacional. Cambiar de ciudad, de sala y de escenario cada pocos días exige una capacidad de adaptación que no siempre se ve desde el patio de butacas. Y el cansancio, inevitablemente, también se acumula. Julian, sin embargo, parece tener claro cómo afrontar el desafío. «El jet lag' está siendo un poco complicado, aunque diré que la primera noche que llegamos a París dormí mejor que en los últimos meses. Lo afronto tomando mucho café. Durante la primera noche, o las primeras noches, intentas mantenerte despierto todo el tiempo que puedes para adaptarte al horario. Por suerte, nos dieron tiempo suficiente cuando llegamos. Los primeros días prácticamente no teníamos nada que hacer. Llegamos a París y tuvimos un día libre al principio. Tenemos una empresa de organización de giras estupenda que se ha encargado de organizarlo todo. Simplemente les damos nuestras maletas y ellos las llevan a la siguiente ciudad. A veces, incluso aparecen en nuestras habitaciones cuando llegamos», cuenta. Lo de Julian con la música empezó pronto, aunque no precisamente con el instrumento que hoy le ha llevado hasta una de las grandes orquestas del mundo. Nacido en Miami, comenzó a tocar el saxofón alto a los nueve años y, a los once, incorporó el fagot a su vida. Se graduó en la Juilliard School de Nueva York, donde tuvo como profesora a Judith LeClair, fagot solista principal de la propia Filarmónica. En 2023, con apenas 22 años, se incorporó a la orquesta como fagot solista asociado. Un recorrido precoz que no le ha impedido cultivar otras facetas:, ha participado en producciones de Broadway y ha grabado para bandas sonoras de series como 'Solo asesinatos en el edificio' y 'La maravillosa señora Maisel'. Este joven lleva solo tres años en la orquesta, pero está perfectamente bromeando. «No me han ayudado a integrarme [risas]. No, en realidad tuve bastante suerte porque toqué como músico sustituto en la orquesta durante un tiempo antes de que me contrataran. Estudié en la zona y tuve la oportunidad de tocar con la orquesta durante un tiempo , a lo largo de un par de años, antes de incorporarme. Así que, cuando conseguí el puesto, ya conocía más o menos a algunas personas. Cuando me contrataron, la gente de esta orquesta se acercaba a presentarse, era muy amable y se ofrecía a ayudarme en todo lo que pudiera. Me pareció un detalle muy bonito. No sabía muy bien qué esperar, pero es un entorno de trabajo muy acogedor y familiar. Es como una gran familia», confiesa emocionado entre el tambaleo del tren.La gente ayuda, pero también el programa de mentoría que empezó más o menos cuando le contrataron en el que cada nuevo miembro tiene un mentor. «Tuve a alguien que llevaba ya bastante tiempo en la orquesta y a quien podía recurrir para hacerle preguntas cuando lo necesitara. Así que sí, la gente recibe muy bien a los nuevos músicos. También organizamos actividades y encuentros sociales, incluso entre los ensayos. Por ejemplo, si un día tenemos un ensayo por la mañana y otro por la tarde, a veces organizan un encuentro para tomar café y comer algo de bollería. Es una oportunidad para que todo el mundo se reúna en esos espacios. Los nuevos miembros pueden conocer a los demás, comer algo y tomar café juntos. Fueron precisamente momentos como esos los que hicieron que la orquesta me ayudara a sentirme como en casa y a estar a gusto cuando acababa de llegar, cuando todavía era nuevo», confesó.Un regaloUnas horas después, Julian subía concentrado hacia el escenario de la sala sinfónica para enfrentarse a uno de esos momentos con los que cualquier músico sueña, aunque no siempre sepa cuándo ni de qué manera llegarán. A veces, las oportunidades aparecen cuando uno menos las espera, en mitad de una gira, con el cansancio acumulado, el 'jet lag amenazando con jugar una mala pasada y un AVE que ha puesto a prueba la paciencia de toda una orquesta. O quizá sea al revés. « Oh, me avisaron al mediodía. Estaba realmente atacado », confesaría después. Cuesta imaginarlo al verlo caminar hacia el escenario con esa concentración casi imperturbable, como si los nervios hubieran decidido darle una tregua. Pero el vértigo estaba ahí: asumir a última hora ese solo de fagot no es cualquier encargo. Son esas oportunidades que un músico espera que algún día llamen a su puerta, sin saber si lo harán en una audición, en un concierto o durante una gira al otro lado del Atlántico. A Julian le tocó en Madrid, después de un viaje interminable y cuando todavía quedaba mucho por hacer. La ciudad que debía ser una parada más en la ruta española de la Filarmónica de Nueva York acabó convirtiéndose, para él, en el escenario de una prueba inesperada. De esas que no se pueden programar, pero para las que uno lleva años preparándose.Y todo salió a la perfección. Los aplausos fueron intensos y el maestro le hizo levantarse para saludar, como había hecho con cada uno de los solistas de la orquesta. Julian recibió el reconocimiento del público y, poco después, el de sus propios compañeros. Al abandonar el escenario, sin embargo, volvió a agachar la cabeza tímidamente, como si todavía le costara asimilar lo que acababa de suceder. «¡Enhorabuena!», «¡Qué maravilla!», «¡Wow, Julian, estuviste increíble!» . Las felicitaciones se sucedían a su alrededor. Quienes habían compartido con él el viaje, las horas de espera y las prisas de aquella jornada se acercaban ahora para celebrar su gran noche. La de un músico joven que había recibido un encargo inesperado y había sabido estar a la altura. Madrid le había regalado una de esas historias que merecen contarse, aunque Julian, entre sonrisas y cierta timidez, pareciera todavía estar asimilándola. Una gran noche, sí, pero también simplemente el comienzo de algo más grande.