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Una ‘Turandot’ sin final feliz alegra el Palau de les Arts valenciano

En la memoria de la ópera habita una 'Turandot' inmensa y misteriosa ; princesa en una China cuyo exótico colorido y monumental grandeza se envuelve de misterio, autarquía e impiedad. Lo saben bien los espectadores que ya agotan las entradas para las seis representaciones que el Palau de les Arts de Valencia ha programado del 3 al 16 de junio. Todos ellos son militantes del gusto arruinado del que hablaba el compositor: un paraíso de melodías perdidas en músicas insensatas y lógicas. Se ha dicho, y es una buena referencia, que 'Turandot' marca el fin de la mejor tradición operística italiana y que, por eso, permanece única y sin rival. Los espectadores que acudieron a la primera representación valenciana del miércoles acabaron puestos en pie y unidos en una aclamación que revela que, un siglo exacto después de su estreno, 'Turandot' ha sobrevivido a los vaivenes de un género que, en este tiempo, no ha dejado de reflexionar y, por lo tanto, de investigar sobre su razón de ser. La diferencia entre el gusto por lo inmediato y la curiosidad, con toda la carga intelectual que se le quiera añadir, define la distancia que separa a 'Turandot' del mundo moderno que Puccini vio aproximarse y que tan despectivamente ha llegado a analizar su obra. Lo señala Rubén Amón en un emocionante texto incluido en el programa de mano de las representaciones valencianas, sugiriendo otros aspectos también interesantes en relación con la tensión emocional que surge del choque entre los contrarios que activan la última ópera de Puccini. El más evidente es la fricción entre la pomposidad decorativa y el secretismo despótico. Pero también tiene su importancia la divergencia entre el drama personal y el desprecio, la pasión amorosa y la asexualidad, la pureza frente a lo impío, el sacrificio personal y su vilipendio… la gestualidad nerviosa que encarnan los consejeros Ping, Pang y Pong, y la máscara marmórea que acompaña al resto de personajes en una ópera que proclama la recuperación de un teatro que, muy a pesar de su parafernalia, entiende la importancia de lo esencial y lo pantomímico, según se definió en buena parte de la escena de principios del siglo XX. Puccini, siempre atento a la actualidad, supo reconvertir todo ello sin perder el contacto con la audiencia.Son muchas las razones que, además de hacer de 'Turandot' un objeto escénico único, lo elevan a la categoría de infranqueable. Visto así, adquiere una dimensión superlativa lo que el director sir Mark Elder ofrece desde el foso orquestal del Palau de les Arts, con una voracidad sonora que dignifica un culto a la experiencia ante el que hay que rendirse. Se trata de la onda expansiva que hunde al espectador en la butaca tras un arranque fulgurante: los detalles orquestales inéditos entresacados por los formidables instrumentistas de la Orchestra de la Comunitat Valenciana, la calidad expresiva de la versión se expande en una temporalidad dilatada, pero que nunca se relaja. Qué buena colaboración la del Cor de la Generalitat Valenciana y de los niños de la Escola Coral Veus Juntes y la Escolanía de la Mare de Déu dels Desemparats, implicados en la consolidación escénica de un título protagonizado por un reparto cuyos defectos más inmediatos se compensan con carisma y verdad emocional.Hay que colocar en una posición destacada a la soprano de origen boliviano Carolina López Moreno , quien se presenta en el Palau tras la cancelación de 2025. Liú, la enamorada silenciosa y mártir (la relación de Puccini con las mujeres ha sido objeto de interesantes estudios), hace su presentación en la breve aria 'Signore, ascolta!', con su complejo agudo en el cierre. López Moreno resuelve el fragmento con fidelidad a lo escrito. Mejor aún es el aria final 'Tu, che di gel sei cinta', porque entonces la intención se introduce en la propia vocalidad demostrando un estupendo dominio del fiato, es decir perfilando la línea con expansión, y cubriendo la voz delicadamente. Frente a la frescura de quien domina los medios sin aparentes limitaciones están quienes los someten a un continuo debate. El tenor Gregory Klunde y la mezzo Ekaterina Semenchuk necesitan su tiempo para calentar la garganta, particularmente el primero que, a duras penas logra una uniformidad que ya no tiene. Lo admirable es su tesón y la voluntad del legionario que no reconoce otro territorio que el de la contienda. 'Nesun dorma' es una cima a la que escala con un esfuerzo titánico, muy sostenido en agudos todavía recios y muy propio de quien se aferra a la vida escénica bajo el convencimiento de que su arte ofrece códigos insustituibles. Sólidamente apoyado por Elder, Kunde mantiene con una presencia admirable un papel agotador. Tiene armadura la interpretación de Liang Li en el papel de Timur, y resulta compacta y ágil la de los ministros Pablo García López, Mikeldi Atxalandabaso y, particularmente, el barítono Jan Antem a quien diversos galardones reconocen la importancia de su carrera en proceso de consolidación.El caso de Semenchuk tiene connotaciones particulares pues no es habitual encontrar a una mezzo asumiendo el papel de la princesa Turandot. Hace tres años lo defendió en el Liceu de Barcelona y ahora llega a Valencia. La adecuación puede ser discutible, la pronunciación del idioma italiano algo imposible, pero a través de su voz surge un dramatismo capaz de transmutar lo épico en inescrutable. El comienzo de su actuación fue dubitativo e 'In questa reggia' todavía estuvo inestable y calante. Pronto, en la escena de los enigmas, surgió la princesa implacable, de voz gélida, potente y ácida; capaz de observar su alrededor con altivez mientras niega el reconocimiento de su propia identidad. La taimada proyección del personaje que hace Semenchuk tiene su razón de ser en el contexto valenciano porque, al igual que Kunde, se engrandece por acción de Elder y porque su oscura presencia se inserta en un espacio en el que coinciden la negritud y el antagonismo, la magnificencia y lo absurdo. Àlex Ollé es el director de la producción que se ve en Valencia , por primera vez en Europa, y cuya propiedad corresponde al Tokyo Bunka Kaikan y al New National Theatre de Tokio, donde se estrenó en 2019.Tiene algo de naif que Ollé haya explicado que a Puccini no le gustaban los finales felices y que, por eso, su montaje plantea un sorprendente epílogo más acorde a la visión del compositor de Lucca. La sorpresa que propone el director catalán consiste en el suicido final de la princesa, quien ha vivido sometida al trauma de un pasado violento; lo ingenuo de esta conclusión se refiere al hecho de que pretender completar coherentemente la ópera Puccini es en sí mismo rendirse ante lo imposible. Lo demuestran distintos intentos, oficialmente resumidos en el moderno trabajo de Luciano Berio y en el primero de Franco Alfano, cuyo mayor mérito es la honradez y admiración hacia el compositor de Luca. 'Turandot' es un imposible metafísico que, sin embargo, admite posibilidades de interpretación en el ámbito de lo terrenal. Ahí es donde Ollé se acerca más a la diana, situando la obra en un espacio muy oscuro, laberíntico y agigantado, con toques de ciencia ficción. Lo habita un pueblo pobre y sometido; menesterosos de la China que se extingue, según cantan los ministros. Hay un ánimo social en este proyecto escénico y una buena interpretación de varias de las claves que caracterizan la obra: lo espectacular y lo jerárquico, fundamentalmente: cuestiones indispensables para que 'Turandot' siga siendo un objeto de culto en el mundo de la ópera, según se descubre ahora en Valencia, en el justo momento en el que se baja el telón de una temporada admirable.