Escuchando

Tras las huellas de Lang Lang en Canarias

Dicen que el arte se encuentra en los lugares más insospechados y a Lang Lang lo encontramos no con las manos sobre el piano, sino en un circuito termal bajo las aguas saladas de una gran piscina. El arte también tiene que cuidarse. Y esta es la dicha de quienes estuvieron en el Hotel Santa Catalina de Las Palmas de Gran Canaria estos días para el concierto inaugural de Santa Catalina Classics. Aunque es necesario rebobinar para entender este hallazgo. Horas antes de ese momento, se escuchaba la bocina de los grandes barcos que descargan en el puerto, las aves revoloteando alrededor de las majestuosas palmeras que abarcan la entrada, pero también un piano. «¿No habéis visto a Lang Lang? ¡Estaba ensayando ahora mismo y se escuchaba desde aquí!», expresaba con emoción una de las trabajadoras de recepción del hotel. La ciudad entera, y también esta casa de la música, se preparaba para el concierto del gran pianista que inauguraba el ciclo de conciertos de este hotel. Unos instantes antes, el artista ensayaba, pero en ese momento solo quedaba el eco de su sonido, un sonido que se convirtió en el único objeto de búsqueda durante nuestra estancia.Noticia relacionada general No No Martha Argerich, la libertad era el piano Clara Molla PagánPoner un pie en este lugar es poner un pie en la historia del arte. Entre sus muros encontró refugio Gregory Peck durante el rodaje de 'Moby Dick' en la playa de Las Canteras, mientras daba vida al obsesivo capitán Ahab. Sus salones centenarios parecen conservar todavía el humo de los puros de Winston Churchill, el eco de la prodigiosa voz de la soprano María Callas y la presencia magnética de Ava Gardner. También se imagina recorriendo sus jardines a Agatha Christie, con esa expresión soñadora y ligeramente distraída de quien nunca deja de dar vueltas a una nueva trama de misterio. Y la historia continúa ahora con Lang Lang.Lo cierto es que el hotel, en cuestión de horas, estaba transformándose en un gran escenario. El jardín de su entrada comenzaba a llenarse de sillas y las gradas se iban cubriendo de una tela negra para el gran concierto de la noche. Sobre el escenario estaba el gran piano de Lang Lang , cubierto por una enorme funda acolchada verde oliva, aunque no lo cubría del todo. A su lado, cinco personas trataban de situar el gran instrumento sobre un lugar adecuado. Pero ni rastro del artista. «Dicen que es el mejor pianista del mundo», comentaba una de las trabajadoras del hotel, emocionada por poder estar con él bajo el mismo techo. El mundo de la música clásica tantas veces es para los incomprendidos (o afortunados). Los nombres conocidos resuenan entre aquellos que aman este universo, pero no siempre lo hacen fuera de él. Lang Lang, en cambio, ha conseguido hacer de su don y su persona una marca que traspasa los auditorios. Su nombre causa asombro entre aquellos que nada tienen que ver con la música clásica. Ese es su éxito y testigos son los muros de esta casa.Algunos instantes del concierto inaugural de Santa Catalina Classics en el Hotel Santa Catalina SCCEl piano seguía sonando, pero esta vez eran las manos de una pianista las que amenizaban el almuerzo de algunos huéspedes. Nuestro artista seguía sin aparecer, aunque no por mucho tiempo. El secreto mejor escondido estaba tras la puerta del Centro Wellness. Allí, bajo una gran piscina de hidroterapia climatizada con chorros a presión y baños termales, se encontraba Lang Lang, concentrándose para el gran concierto de la noche. Parecía tranquilo, haciendo quizá introspección o simplemente desconectando para volverse a encontrar y prepararse , además, para una charla con jovencísimos estudiantes que iban a lanzarle divertidas preguntas. Esta especie de santuario de relajación al aire libre y luz natural en nada se parecía al caos que poco a poco iba aconteciendo en el hall del hotel, donde cientos de invitados iban llegando para recoger sus entradas. Y del agua pasó al barro. Los botones abrían las puertas de una de las salas escondidas y saltaban impactados: «¡Perdón!», exclamaban mientras un Lang Lang tímido y sonriente asomaba su cabeza con las manos sobre el piano estudiando. Otro hallazgo, esta vez sí, sobre su instrumento.Lang Lang es la certeza de que la música clásica no tiene por qué permanecer encerrada entre cuatro paredes y ya se intuía desde pequeño, en Shenyang, en el noreste de China, donde, como tantos otros niños prodigio, comenzó su formación al piano a una edad temprana. Desde pronto quedó claro que en él había algo más que una técnica extraordinaria o una capacidad fuera de lo común para interpretar partituras. Su relación con la música parecía impulsada por una necesidad profunda de comunicar, de emocionar y de conectar con públicos que iban mucho más allá de los habituales círculos académicos . A medida que avanzaba en una carrera marcada por concursos, conservatorios y escenarios cada vez más prestigiosos, Lang Lang no solo se consolidaba como uno de los pianistas más brillantes de su generación, sino también como un embajador de la música clásica. Mientras muchos virtuosos encontraban su lugar dentro de los auditorios, él parecía empeñado en derribar sus muros, acercando este repertorio a nuevas generaciones y audiencias de todo el mundo.Noticia relacionada reportaje No No PORTADA El 'dream-team' que está reformulando la música clásica Clara Molla PagánY esta sensación es precisamente la que se respiraba entre los invitados, que esperaban ansiosos la llegada del artista. Y como todo fenómeno, hay que saber custodiarlo, y para eso estaba Enrique Subiela en una esquina del hotel, esperando la bajada del artista por el ascensor, para llevarlo a un lugar tranquilo, alejado del alboroto y el fervor de los invitados. Lo bueno de Lang Lang es que se trata del pianista más reconocido ahora mismo, capaz de atraer a personas que quizá nunca se habían acercado a una sala de conciertos. Lo malo, esa enorme popularidad que ha venido acompañada de una cantidad igualmente grande de prejuicios. Para adentrarse realmente en un concierto suyo conviene desprenderse de todas esas voces que lo etiquetan como un pianista de marketing, de las opiniones más puristas que aseguran que sacrifica la profundidad musical en favor del espectáculo o que antepone el efecto al contenido.Y así entramos al concierto de Santa Catalina Classics, tratando de desentrañar el misterio de Lang Lang. Y allí entraba también él, con un traje azul marino, sonriendo tímidamente y poniendo sus manos sobre el piano. Sus primeros compases se entrelazaban con las voces de las aves bajo los ojos atentos de un público, también en los balcones, que se asomaba curioso al espectáculo , porque sí, fue un espectáculo donde aún no se había sentado sobre la butaca tras los aplausos con Mozart cuando ya había lanzado el primer compás de Beethoven mientras se iba sentando de nuevo. El espectáculo también eran sus manos, que bailaban sobre el piano mientras observaba con unos ojos como platos al público. A veces se retorcía, a veces se estiraba, a veces se encogía. Es la solvencia personificada y al mismo tiempo rompe las partituras en el mejor sentido de la palabra. Se toma la licencia de quien parece conocer lo que el público quiere escuchar. Lo demostraba también en la segunda parte, con Albéniz y Granados, donde parecía atravesado por cada una de las notas, elevando la mirada al cielo y arqueando las cejas mientras las cabecitas del público se movían de un lado a otro con la música.Es inevitable preguntarse por su figura y las voces que rodean a este artista tras el concierto. Quizá ha sido juzgado con más dureza de la habitual porque rompió ciertas convenciones elitistas de la música clásica, quizá porque hizo lo que muchos no se atrevieron a hacer. Siendo un temerario, un valiente o un genio, lo cierto es que sus logros hablan por sí solos y ocupan ya un lugar difícil de ignorar en la historia reciente de la música clásica. Y más allá de las voces que hablan, está el público, que también sentencia: un largo aplauso correspondido por dos propinas.